OPINIÓN / La polémica a partir del "Poliamor"

Negar, negar y negar

La psicóloga y sexóloga Silvana Savoini responde a la periodista Cristina Pérez y continúa debatiendo tras las declaraciones de la actriz Florencia Peña.

lunes 24 de septiembre, 2018

“Blanqueo de cuernos”, “infidelidad legal”, “cornudez consciente”, “lavado de culpas”: circulan por las redes y en términos textuales en la columna escrita por la periodista Cristina Pérez. “Formato decoroso de la infidelidad… el reconocimiento cool de que el amor fracasa pero que es mejor enmascararlo porque conviene conservar los beneficios de la pareja…Si se emiten pesos, se pueden emitir amantes. Que haya inflación en la cama y que más billetes parezcan más plata”.

A todas esas ideas que circulan por las redes sociales, incluidas las expresiones de la periodista, respondo con este viejo adagio: “Negar, negar y negar”. La negación es un mecanismo de defensa excelente y muy eficaz para dejar fuera todo lo que no podemos, no queremos, no estamos dispuestos, o no tenemos con qué afrontar… Negamos cuando algo nos deja sin recursos, nos pone en crisis, nos cuestiona la fibra más íntima de nuestra existencia y perdemos la seguridad del encuadre de lo conocido.

Negar que exista otra forma de amar por fuera de la que aprendimos, del amor romántico, de necesitar que alguien nos elija sólo a nosotros y en exclusiva para sentirnos un poco especiales y subir nuestra endeble autoestima porque si no sentimos que no somos nada o nadie… Porque escuchamos desde la infancia (sobre todo las mujeres) la triste expresión “así nadie te va a elegir” y el terror a que no nos aprueben, no nos elijan, o en definitiva no nos amen, acecha desde las filas para armar equipos de vóley en la escuela primaria hasta el ruedo de las relaciones sexo afectivas en la adultez.

“La pulsión por sentirnos especiales, amados y únicos”, sigue diciendo. Debo decir sobre esto que desde el punto de vista psicológico no existe tal pulsión y que si algo define a la pulsión es el hecho de no tener un objeto determinado. El concepto de pulsión freudiano (en alemán “trieb”) justamente se asocia al deseo por su itinerancia. Hablar de pulsión asociada a un objeto exclusivo es un reduccionismo atroz de la polisemia del significante trieb.

En el ser humano no hablamos de instinto sexual, justamente porque no existe un satisfactor específico cual si fuese una necesidad. Lo que mueve a los animales es una programación genética (instinto) no mediada por la cultura, el lenguaje o la capacidad simbólica. Las personas, en cambio, nos movemos por el deseo, que sin objeto determinado de satisfacción deambula por los desfiladeros de significaciones que otorga (cultura e historia personal mediante) a cada ser, a cada objeto, a cada lugar, a cada historia…

Funcional al sistema es domesticar el deseo. Ponerle un coto para que circule por los carriles que el modelo social vigente espera. Controlar la sexualidad es una de las formas más eficaces de ejercer poder. No es ingenuo el modelo de la monogamia y el amor romántico. No está dado por la naturaleza humana, sino por su más sublime ambición simbólica de poder. Amarás como Dios manda, o como el Estado manda, o como la Ley manda, o como los mandatos sociales conminan a amar.

Tan fuerte es ese poder, que la mayoría de las personas no puede ni siquiera pensar fuera de esa lógica porque es la realidad que conocen. Lo desconocido aterra. Si no soy exclusiva, si no tengo falsas percepciones de seguridad, si mi pareja no me ofrece una garantía ficcional de amor eterno y exclusivo, no puedo ser, no puede ser…

Negar, no ver, no aceptar, aferrarse a las creencias nucleares que se aprendieron desde la infancia, y que movilizan en búsqueda de la mítica “otra mitad”. Negar la posibilidad de perder a la que irremediablemente estamos expuestos minuto a minuto en una relación y en la vida. Negar que el otro tenga “ojos para alguien más” y zambullirse en la confortable hipocresía de creer que somos únicos. Negar que no existen garantías, que el amor se construye día a día, y que nada nos asegura la hora siguiente. Negar que sabemos que no somos especiales y no tener claro que no hace falta que nos elijan para ser únicos, porque si algo somos es únicos e irrepetibles per sé y que la gracia está en elegir a pesar de tener a la mano todas las posibilidades, no desde el cautiverio.

Es en la negación donde se produce la “devaluación del amor”, llevando al otro a la categoría de objeto de mi posesión. O dejándome reducir a objeto de posesión del otro, desde la más arraigada noción capitalista de propiedad privada llevada al vínculo, para quienes quieren achacar el modelo neoliberal que critican a las relaciones de amor libre, abiertas o poli amorosas.

No entendieron nada. El capitalismo no está en las relaciones libres, el laissez faire, laissez passer de Adam Smith aplica a las intervenciones de un gobierno sobre el mercado y la economía, pero no a los vínculos. Todo lo contrario. La sociedad conyugal y el amor romántico y monógamo, con infidelidades incluidas, es lo funcional al capitalismo. Sino echen una mirada a la sociedad más conservadora y machista del planeta y encontrarán que es la cuna del capitalismo occidental.

Para los que hablan de cuernos blanqueados…¡si están en blanco no son cuernos! Para los que hablan de infidelidad legal…¡si es consensuado no hay infidelidad! Para los que se horrorizan ante la cornudez consciente…no puedo arrebatarles el derecho de preferir no saber, como toda elección es absolutamente respetable.

Finalmente, sugiero que antes de pre juzgar hagan sus averiguaciones respecto a cómo viven, aman, se aman, las parejas abiertas o poliamorosas…por ahí se sorprenden. Y en términos generales, con las parejas “normales”, ¿cómo andamos? Yo trabajo con parejas, y créanme que el mandato monogámico hace mucho daño al sistema de la pareja y a sus integrantes, he visto derrumbarse parejas con muchas fortalezas sólo por no poder sostener la exclusividad sexual. Y he visto parejas fielmente monógamas sufriendo todo tipo de miserias. El amor a largo plazo exige mucho trabajo, entiendo también que estén los enamorados seriales, para quienes es más sencillo romper el vínculo cada vez que cae el enamoramiento y volver a empezar sucesivamente…. ¡pero en monogamia y como si fuera para siempre! Por supuesto, así se sienten siempre: ficcionalmente especiales y no cesan los fuegos artificiales. Son elecciones, pero nadie tiene derecho a despreciar el camino que no toma. No hago apología del amor libre ni del monógamo ni del serial, sólo pido que se respeten todas las elecciones. En estos días no hice más que leer descalificaciones y negación ante las formas no hegemónicas, como si se tratase de combatir una amenaza de epidemia capaz de extinguir la humanidad, ¡tranquilos! ¡No se asusten! No es contagioso y no necesitan destruirla… ¡La libertad no los va a salpicar!

Poliamor: un menú para armar

 

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