Rumores de barrio

El día inolvidable

El Gringo Cesarino no se va a olvidar nunca más de aquel día. Y los ocho amigos que ocupan las mesas del café, tampoco.

Redacción Rosario Nuestro

viernes 16 de febrero, 2018

El Gringo Cesarino no se va a olvidar nunca más de aquel día. Y los ocho amigos que ocupan las mesas del café, tampoco.

El Gringo era un empedernido jugador de quinielas. Jugaba en la Nacional, Provincia y en la Oro y se armaba todas las cábalas y combinaciones posibles.

Elegía seguido las tres cifras del número de panteón del padre, el final del número de documento de la madre y algunas de las patentes del ultimo auto que veía, antes de entrar al bar para jugarle al Turco, el quinielero del barrio, que levantaba juego para un capitalista del centro.

El momento más emocionante que vivía el Gringo era cuando tenía la lista en sus manos. Quiquito, el dueño del bar, tomaba nota de lo que informaban por LT8 y anotaba todo prolijamente en un papel, que dejaba al lado de la máquina de café, con el lápiz encima. Cesarino entraba ansioso, agarraba el papel, y casi siempre terminaba con el insulto acostumbrado: Dío Fau!!, ni la última cifra acierto.

Por eso aquel día fue inolvidable. Atravesó la puerta con el rostro esperanzado de siempre, agarró el papel, lo miró incrédulo y gritó: ¡Baratucci viejo nomás…! mezclando su afición burrera con la quiniela.
¡El panteón de mi viejo a primera!…Quiquito, serviles a todos lo que quieran, lo maté al Turco, agarre el 278, las tres cifras a primera!

Un aplauso cerrado de los amigos festejaron la noticia, mientras daban cuenta, rápidamente de cervezas, pizzas y carlitos, mientras Cesarino se abrazaba con el que tuviera más cerca y sacaba la cuenta de lo que iba a cobrar.

Le llamó un poco la atención que se fueron todos muy rápido, pero no le dio demasiada importancia.

Cuando se dio cuenta, ya era tarde.

Oscar y El Curro le habían alterado la lista y, copiando la caligrafía de Quiquito, le pusieron el número que había jugado, arriba de todo.
Nunca supo cuál de los ocho lo hizo, y como es de ley, en el barrio no se pregunta.

Pagó la cuenta y a partir de ese día escucho los sorteos por radio.

Una vez agarro las dos cifras a primera, pero no dijo nada.

 

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