OPINIÓN

Sampaoli o la hipocresía de los borrachos

viernes 12 de enero, 2018

Tomo una de las tantas definiciones que tiene nuestro riquísimo idioma cervantino para ubicar a la hipocresía: “Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. Si esto es así, son pocos los que puedan zafar de semejante
descalificación. Como diría Jesús cuando la turba se aprestaba a lapidar a María Magdalena: “El que esté libre de pecados que arroje la primera piedra” con lo que le tendió un manto piadoso de protección a la contumaz pecadora. No se salva nadie.

No es un delito la hipocresía, solamente es la carencia de una virtud. Nadie va preso por ser un hipócrita. ¿Quién no ha enmascarado alguna vez sus sentimientos? Sería bueno saber cuando habría fingido Violeta Parra. Si cuando escribió “Gracias a la vida que me ha dado tanto” o cuando se amasijó de una balazo en la cabeza en menos de un año de haber predicado sobre la gratitud. Y qué no decir de Pedro, que minutos después de la ultima cena y antes de que cantara el gallo lo negó tres veces a su divino
maestro.

En este contexto, en el que nadie escapa al ocultamiento de los reales sentimientos, me enfrento ahora casi un mes después a las expresiones vociferadas por el técnico de la selección de fútbol, Jorge Sampaoli, a un inspector de Tránsito en la ciudad de Casilda, donde el entrenador iba montado en un auto junto a otras siete personas, y que al bajarse del mismo no pudo ocultar su beodez porque trastabillaba. Pero no sin antes privarse de gritarle al empleado público: “Boludo”, “Gil”, “Gato” y “Vigilante” , y reprechándole la miseria de pesos que ganaba por mes.

Vamos a comenzar por separar los tantos. No nos metemos siquiera con el técnico de fútbol Sampaoli. Como observadores simplemente apuntamos que tiene una magra foja de servicios, currícula más bien escasa y palmarés sin brillantes a la vista. Apenas un campeonato sudamericano donde fue técnico del conjunto local, Chile, con el que salió campeón en una final por penales, con más pena que gloria.  ¿Por qué lo eligieron Tapia y sus adláteres de A.F.A en condiciones tan precarias? Solo ellos lo sabrán. Aquí me interesa el hipócrita Jorge Sampaoli que enmascara su realidad tatuándose frases
del Che Guevara, haciéndose garantista de los derechos humanos, visitando a rockeros presos en la cárcel y proclamando su devoción política a cuanto populismo anda suelto.

El auténtico Jorge Sampaoli se mostró cuando insultó cobardemente al inspector mofándose de la miseria que ganaba por mes comparándola con la fortuna que nosotros (todos los argentinos) le pagamos mensualmente a ese forajido pelado que volvía de haber casado a una hija y libado en las jarras de Baco copiosamente. Como decían los romanos “In vino veritas” (En el vino está la verdad). Ese es el Sampaoli real, el que se burla de los escasos pesos que cobra un servidor público tipo empleado raso.

El resto fue patético y fellinesco. Sampaoli en una lavada disculpa donde argumentaba “que sus palabras no representan ni mis convicciones ni mis creencias” y que “el enojo me hizo decir”. Sería bueno a esta altura del partido anoticiarse de cuales son las auténticas convicciones y las creencias de tan peculiar sujeto que a los pocas horas en Santiago de Chile olvidaba que se había arrepentido y sostenía que todo era fruto de la “envidia” que en Argentina se le tenía. No fue el “enojo” el que a Sampaoli le hizo decir lo que dijo. Fue el vino y gracias a eso nos pudimos enterar de cómo es en realidad el farabute que trata de pintarse como un sufrido defensor de las causas
populares. ¡Qué país generoso, lo mismo un burro que un gran profesor!

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