OPINIÓN

¿Retorno a la caza de brujas? “Cuéntalo” y los escraches en la universidad

miércoles 23 de mayo, 2018

En 2018 se cumple el primer centenario de la Reforma Universitaria de 1918, promovida por estudiantes movilizados por ideales juveniles que antecedieron al Mayo francés de 1968. A partir del Manifiesto liminar de la Federación Universitaria de Córdoba titulado “La juventud argentina, de Córdoba a los Hombres Libres de Sud América” el movimiento se extendió al resto del país y a algunas universidades de América Latina, de lo cual emergieron reformas en los estatutos y leyes universitarias, consagrando fundamentalmente la autonomía universitaria, la participación de los estudiantes en la gestión de las universidades, la extensión universitaria, la periodicidad de las cátedras, la libertad académica, los concursos de oposición y la gratuidad de la enseñanza universitaria.

Este trascendental movimiento sentó las bases de la democratización del funcionamiento universitario, a través de mecanismos adecuados para garantizar la libre expresión y la circulación del poder legitimada por esos mecanismos, sólo opacados durante la Dictadura Militar Argentina, pero enfatizados a partir del retorno a la democracia en 1983.

He crecido respirando el espíritu de la Universidad pública, en la cual trabajó durante cuarenta y tres años hasta su muerte mi padre, en lo que fue primero la Universidad Nacional del Litoral de la cual se desprendió hace cincuenta años (1968) la Universidad Nacional de Rosario. Me formé en una de sus altas casas de estudios y en 1994 ingresé a la docencia universitaria. Hace veinticuatro años que transito como docente la Facultad de Psicología y desde hace seis años también la Facultad de Ciencias Médicas. He sido testigo de reclamos de toda naturaleza por parte de los diferentes actores institucionales, he presenciado conflictos, tensiones, procesos electorales, asambleas, plenarios, conozco las fuerzas instituidas e instituyentes que dan forma a la vida universitaria, no por experta, sino por habitar los espacios.

Desde ese lugar, me entristece, me indigna, me desconcierta, me subleva, presenciar la instauración de mecanismos anacrónicos de justicia por mano propia, la misma que juzgamos improcedente aplicar para la delincuencia, esta vez implementada hacia los docentes universitarios.

El escrache, la caza de brujas, la inquisición, el mandar simbólicamente a la hoguera social a docentes, a través de carteles impresos o digitales por las redes sociales, sin juicio previo, sin denuncia por vías formales, sin derecho a réplica, sin pruebas, sin tener en cuenta los contextos, sin evaluar los intereses de los acusadores, sin más que la decisión y voluntad de algunos pocos, considerando que a nuestra querida universidad la habitan 93.302 estudiantes, aunque está claro que no son todos ellos los que emiten los dictámenes y deciden el escarnio público de los supuestos criminales de género.

Lo que más me preocupa, justamente, es que no se estén respetando los mecanismos existentes, que si son insuficientes habrá que reforzarlos, legitimando vías de resolución, protocolos de acción como ya han hecho algunas facultades, o simplemente recurriendo al diálogo, con el propio docente que actúe de modo improcedente y con la secuencia de autoridades correspondientes desde titulares de cátedra, pasando por directores de área, consejeros, decanos, auditores y el mismísimo gobierno de la universidad en rectorado si fuese necesario. Pero digo fervientemente NO al retorno de la caza de brujas.

Debo decir que hasta el momento no he registrado ningún escrache dirigido contra mi persona, ni conozco a la mayoría de los docentes acusados.
Conozco solo a uno, y lo conozco bien. Lo acusan por una expresión (irónica seguramente) en detrimento de la perspectiva de género. Nobleza obliga a decir que ese docente ha realizado una de las primeras Maestrías en Género, cuando muchos de esos estudiantes que lo acusan aún no habían nacido ni entendían de qué venía la cosa. Ese docente, como muchos en los que me incluyo, usa la ironía como recurso discursivo, y como herramienta pedagógica para provocar procesos reflexivos, en una Facultad (Psicología) en la que se enseña que las palabras no son unívocas, que el contexto otorga el significado, que la metáfora es el testaferro de la capacidad simbólica privativa de los humanos en su exquisita complejidad. En esa facultad, estos grupos toman las expresiones a la letra y fuera de contexto para lapidar, vaya uno a saber por qué razones de falta de coincidencia ideológica, política, personal, o simplemente porque no les fue bien en la materia. ¿Quién sabe? Pero lapidan mediante el escrache a un docente, sin más pasos a seguir que armar el posteo.

Me da vergüenza ajena, me apena, me hace revisar qué estamos haciendo como docentes y como sociedad para generar este nivel de violencia en nuestros jóvenes. Me pregunto cómo podemos hacer para no retroceder varios siglos en la manera de regular las interacciones sociales. Si alguno de todos los docentes escrachados realmente ejerció violencia de género, abusó sexualmente, violó o acosó a alguna persona, estudiante o no, ese comportamiento debe ser detenido, juzgado, sancionado, pero por vías civilizadas de denuncia o enjuiciamiento.

Es probable que muchos docentes (doy fe de ello) sigan ejerciendo violencia de género y discriminación a las diversidades sexuales, he sido testigo e incluso víctima de ello en algún momento. Cuando esto ocurrió procedí agotando las instancias institucionales, hasta hablar con el que era oportunamente Decano, el excelentísimo Dr. OvideMenim, quien tuvo la mejor disposición para escucharme y garantizar mis derechos dentro de la Facultad.

Siempre insisto en la idea de que la erradicación del machismo es un proceso lento, artesanal, que habrá que llevar a cabo en una laboriosa y paciente tarea pero siempre desde el diálogo y las vías legitimadas para ello. La violencia, parece remanido decirlo, genera más violencia.

Aprendamos a ser asertivos para hacer valer nuestros derechos, para no permitir el maltrato, el abuso ni la discriminación en ninguna de sus expresiones, pero haciendo los reclamos por las vías legítimas. El escrache otorga un poder arbitrario a unos pocos y vulnerabiliza a veces injustamente a muchos. Pongámonos de acuerdo, ¿civilización o barbarie?

 

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