opinión

Mudanzas truncadas por la cuarentena: estrés a la enésima potencia


La mudanza está en segundo lugar en el ranking de acontecimientos vitales estresantes. Para el común de los mortales, mudarse implica cierto monto de angustia porque requiere elaborar un duelo por el lugar que se abandona, y un cierto monto de ansiedad en relación a las incertidumbres respecto al nuevo espacio. ¿Nos sentiremos cómodos? ¿Podremos pagar el alquiler o la cuota del crédito? ¿Habremos elegido bien? ¿Habrá algún desperfecto en el funcionamiento y no lo detectamos?

A los duelos, expectativas y ansiedades propias de todo cambio de espacio vital o laboral, se le suman las variables que todos conocemos en relación al tema ya que en Argentina, la solución habitacional nunca es de fácil resolución, excepto para una muy pequeña minoría de los habitantes. La inestabilidad que caracteriza a la economía de nuestro querido país, es parte del folclore nacional, por lo que el mercado inmobiliario y laboral, son dimensiones que siempre danzan tensas a la hora de tomar decisiones sobre la vivienda. Ni hablar si toca alquilar, propietarios, inquilinos e inmobiliarias conforman un triángulo pocas veces equilátero y muchas más veces perverso.

Las medidas de aislamiento social preventivo y obligatorio, han sorprendido a muchísimas personas en medio de un proceso de mudanza. Porque sí, la mudanza es un proceso en el tiempo, que requiere una decisión inicial y siempre compleja, seguida de una búsqueda frenética y agotadora, que en el mejor de los casos resulta en un encuentro más o menos exitoso entre lo que las expectativas y lo posible. Pero aun en el más idílico de los hallazgos, la pesadilla continúa despertándonos por las noches mientras intentamos sincronizar los pagos (en compra, hipoteca o alquiler), las garantías (si es alquiler o crédito), la documentación (en todos los casos) que implica papeleos infinitos y eternamente insuficientes, y  finalmente el traslado de las cosas, infierno de dimensiones dantescas, sí, la mudanza propiamente dicha.

Más o menos acumuladores, todos tenemos objetos, pertenencias, utensilios, muebles, libros, ropa, recuerdos, adornitos, cacerolas, fotos, herramientas, juguetes, electrodomésticos, alfileres, portarretratos, cuadros o guirnaldas de cumpleaños, todo, todo eso que debe entrar en un camión, que si tenemos suerte llegará a tiempo para trasladar nuestra identidad materializada en miles de objetos reemplazables pero insustituibles por ser nuestros, los que elegimos, los que usamos, los que queremos, los que necesitamos o no, pero que esperamos que lleguen ilesos a destino para volver a disfrutarlos en nuestro día a día.

Quien se haya mudado por lo menos una vez, sabe de lo que hablo. La mudanza es un borde para el psiquismo. Es la sensación de no lugar, de no pertenecer ni aquí ni allá. Es la suspensión transitoria de todas las falsas percepciones de seguridad en las que nos cobijamos habitualmente.

En este momento me encuentro en mi lugar, no estoy por mudarme de vivienda familiar, pero me he mudado diez veces en mi vida, incluso en mudanzas entre provincias, así que conozco bien la experiencia. La cuarentena me dejó con mi material de trabajo en el consultorio en el centro, mientras que vivo en la periferia de la ciudad. Por diversas circunstancias necesito mi escritorio, mi sillón, mis libros (la UNR funciona en campus virtual y trabajo en dos facultades), las historias clínicas de mis pacientes, un sin fin de objetos, que hoy no tengo en casa y no los puedo traer porque están prohibidas las mudanzas y la actividad de los fletes en general.

Me llamó la atención una nota sobre el tema a partir de la cual conocí y me contacté con un grupo de personas que a lo largo del país atraviesan una situación sumamente angustiante, que es la de haber quedado varados en medio del proceso de la mudanza. Se agrupan bajo el nombre de  “Inquilinos Autoconvocados” tratando de hacer escuchar sus voces para que se contemple la posibilidad de autorizar las mudanzas, especialmente aquellas que están en curso, ya que a todo lo que describí más arriba, se les suma el terrible costo de sostener dos alquileres cuando en la transición quedan atrapados en el lugar de origen sin poder desplazar sus pertenencias a destino.

Si a todos nos resulta más o menos angustiante la pandemia y el aislamiento, imaginen por un momento, que se le sume el estar en un lugar que ya no es el tuyo porque no te permiten trasladarte al que proyectaste, o bien en el nuevo espacio pero sin tus cosas porque no podes ir a buscarlas. Si alguien atina a responder que lo material no importa lo invito a despojarse ya de todas sus pertenencias e intentar seguir su vida dentro de cuatro paredes vacías y con la misma ropa, después me cuentan.

Entiendo y aplaudo las medidas de prevención, preservar la vida es prioridad, pero están exceptuadas muchas actividades de mayor exposición y tan necesarias como un flete haciendo una mudanza.

Yo puedo vivir sin  mis libros y mis muebles de estudio, pero no así las familias que están en un limbo habitacional angustiadas y endeudándose hasta decir basta, en un momento de recesión donde el trabajo merma cada vez más. Pensemos también en los fleteros mismos que como tantos otros trabajadores independientes deben estar al límite. Propongamos que se disponga  un protocolo único para autorizar mudanzas, difundamos el pedido de este grupo para que el gobierno las habilite  ¡ya! Entiendo que en Rosario, se están evaluando y se elevaron pedidos para proponer su autorización la semana próxima. Que así sea.