opinión

La otra pandemia


Por Andrés Cánepa

Asesinaron a Eduardo Trasante, ex concejal de la ciudad. El mundo del hampa parece no tener límite alguno y ya sumamos 109 homicidios en Rosario en lo que va del año, con el riesgo que pronto nos quede viejo el número de este editorial. El pastor era el padre de Jeremías, asesinado en el Triple Crimen de Villa Moreno, y de Jairo, un chico al que le quitaron la vida hace 5 años atrás. Las causas aún se investigan.

Siempre, en reclamo de justicia, nos preguntamos ¿hasta cuándo?, pero la pregunta que debemos hacernos es ¿hasta dónde? ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar estos señores que deciden sobre nuestros cuerpos y sobre nuestras vidas a fuerza de balas y amenazas? Rosario se ha resignado a vivir de esta manera y es algo inaudito.

Ahora le tocó a un ex edil de la ciudad. Le podría haber pasado a un gobernador en funciones, a un fiscal o a un juez, a un empleado de tribunales o del Centro de Justicia. La lluvia de balaceras en 2018 a instituciones, inclusive al Concejo Municipal de Rosario, tuvo que ver con un avance de un grupo delictivo que buscaba impunidad. Ahora, con los hechos consumados, es un barajar y dar de nuevo sobre la lectura de algunos episodios violentos que han sucedido a lo largo de estos años.

Alguna vez, allá por el mes de enero de este año, exigíamos evitar el acostumbramiento a las fotos de charcos de sangre, a los agujeros de balas en paredes y puertas, a pibes y pibas tiradas en el suelo como si fueran parte de una escenografía de una película de acción. Los que ponemos el cuerpo en la calle sabemos lo que penetra el dolor de una familia, de un barrio, ante cada chico que pierde la vida.

Pero hoy, y eso es lo que más me asombra, el mismo barrio sigue su vida como si nada. Show must go on, cantaba Freddie Mercury, pero depende de nosotros, como sociedad, poner el grito en el cielo y empezar a exigir justicia a las autoridades que han tomado el compromiso de cuidarnos y terminar con la violencia en las calles rosarinas.

Trasante perdió a dos hijos tras homicidios enmarcados en el crimen sicario que es parte de nuestra cotidianidad desde hace más de una década. Ahora le tocó a él y hasta las suspicacias llegaron. Ciudad Futura, espacio político que lo albergó en su banca como concejal, emitió un comunicado demoledor: “En esta ciudad hay que salir a pedir justicia por los que salían a pedir justicia”. El pastor siempre envió un mensaje de paz, de compromiso con la justicia y jamás se le oyó emitir una sola palabra vinculada a la venganza. Hasta supo abrazarse dentro de un penal donde realizaba la pastoral evangélica con uno de los asesinos de su hijo Jeremías.

Las especulaciones no tardaron en llegar. Ese “algo habrán hecho” que tanto criticamos de la violencia en los '70 repica en la historia reciente de Rosario y tenemos que erradicarlo de nuestras cabezas. El Poder Judicial y el Ministerio de Seguridad están investigando. Queremos saber la verdad y hay que esperar antes de sacar conclusiones. Lo que sabemos hasta acá, como cuestiones fácticas, es que Trasante vivía con lo justo, que cuidaba de su familia y que le habían matado dos hijos en los últimos 7 años. Hasta que más de una vez ha ido a pedir trabajo después de su renuncia como concejal a distintas instituciones para poder comer.

La impunidad con la que se mueven estos “tira tiros”, que trabajan de mercenarios de la muerte y se reproducen en los barrios más humildes de la ciudad, se refleja en las decenas de causas sin resolver. Y ese temor que tenemos los ciudadanos, también atraviesa a políticos, jueces y fiscales. Son seres humanos, con familia, que más allá de su trabajo piensan en no tener conflictos con sujetos que tienen un desprecio asombroso por la vida humana.

Hay lazos rotos, va a costar mucho recomponerlos. Hoy le tocó dejar este mundo a un pastor evangélico, ex concejal y padre de víctimas de la violencia narco que azota a Rosario desde hace años. Ahí es donde nos paramos, reflexionamos y seguramente, dentro de una semana más, pasaremos a otro tema. Porque el dolor es tan grande que nos obliga a seguir adelante, a pesar de que los crímenes aberrantes sigan siendo contados como ganado y las vainas servidas como caramelos de vuelto. El temor al coronavirus y el récord de contagios quedó en un segundo plano, otra vez, en nuestra ciudad.