opinión

El mito de las “zonas infalibles”


En los tiempos que corren estamos acostumbrados a ver y escuchar fórmulas pragmáticas para casi todo, los “tips” para llevar a cabo una tarea sin perder tiempo en averiguar, estudiar, indagar o sencillamente explorar las posibilidades. Para acortar caminos y/o para asegurar el éxito en nuestros propósitos, basta con googlear el objetivo y encontraremos una serie de recomendaciones prácticas y sobre todo infalibles que nos ahorrarán muchos pasos.

Por supuesto que en muchos casos funciona y la información a la que accedemos nos allana el camino. Pero no aplica para todo. Si hay algo que por definición no se puede predecir ni estandarizar es el erotismo.

La función erótica es el ejercicio consciente del placer sexual, configurada según los mapas de amor que construimos a lo largo de nuestra historia y comandada por el deseo: absolutamente subjetivo, singular, irreverente, indomesticable. Dentro de esas variables tan personales están las zonas erógenas.

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Las zonas erógenas son las partes del cuerpo con sensibilidad erótica, es decir, las que pueden activarse como estímulo sexual, desencadenando una respuesta de excitación. Estamos acostumbrados a pensar en los genitales como zonas erógenas por excelencia, pero en la vasta superficie que constituye nuestra piel, existen muchísimos otros puntos con ese potencial.

Y aquí es donde solemos caer en uno de los mitos de la sexualidad, difundidos no sólo en los tips que pretenden vendernos una didáctica sexual de bolsillo,  sino transmitidos y sostenidos también por el discurso social. Se trata del mito de que existen “zonas infalibles”, es decir, la creencia de que existen zonas erógenas universales y que por lo tanto su estimulación “no falla” a la hora de generar placer. Sin embargo la realidad es otra. La estimulación de ciertos puntos del cuerpo puede ser muy placentera para algunas personas, y sumamente irritante, molesta e incluso dolorosa para otras. Tal es el caso por ejemplo de los pezones o tetillas, en todos los géneros; de los testículos en el varón, e incluso del glande, ya sea del pene o del clítoris, ya que es muy sutil el límite entre el placer y el dolor, según la sensibilidad de cada uno. El mismo tacto, la misma presión, en el mismo punto, puede conducir a unos al éxtasis de placer y a otros a un incómodo malestar.

Esto explica por qué muchas veces un primer encuentro sexual entre dos personas puede no ser el más gratificante, ya que aunque el deseo sea desbordante,aun no sabemos nada del otro. Se requieren varios encuentros para construir intimidad, es decir, conocimiento mutuo y confianza, para ir configurando en nuestra mente el mapa erótico que nos oriente a una vivencia gratificante, en base a un saber al cual sólo podemos acceder entrando en contacto.

No sólo es cuestión de saber qué zonas del cuerpo erotizan a ese ser, y cuáles no, sino de qué manera le resulta estimulante ser tocado?, la caricia suave?, la presión fuerte?, el recorrido previsible?, el inesperado?, lo que ve?, lo que escucha?, palabras dulces u obscenas?, la actitud dominante o sumisa?...y la serie de interrogantes es infinita. No hay tips que develen el misterio que sólo podemos aventurarnos a explorar, sin mitos, sin tabúes, sin prejuicios, y por supuesto, disfrutando profundamente de hacerlo.La erótica no tiene meta, el deleite es el recorrido.