opinión

El cisne negro

Una reflexión en tiempos de coronavirus. Análisis del libro de Nassim Nicholas Taleb, ensayista e investigador que trata sobre el impacto de lo altamente improbable, sobre los acontecimientos imprevisibles que lo cambian todo.


Hoy es sábado 21 de marzo de 2020, hace una semana exactamente, estaba sentada en un aula de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR, en una clase de seminario del Doctorado en Educación que estoy cursando desde el año pasado. Hacía un calor agobiante, las ventanas cerradas de a ratos por el ruido de las máquinas trabajando en el patio (la Facultad está siendo restaurada), me encontraba al borde del desmayo, a mi lado un compañero de curso viendo mi estado me dice, “si te caes te atajo”…el mismo compañero que estaba inquieto, como suele ser él, pero esta vez además algo consternado. Entre sus papeles me muestra una imagen impresa de un cisne negro, y deja translucir su enfático interés por una lectura que comparte al grupo del WhatsApp del doctorado y que me recomienda con insistencia. Quién se la sugirió a él en primer lugar fue el Ingeniero Oscar Sadovsky, de 90 años de edad (exiliado en Brasil desde la década del ´70).

Una mente brillante, este compañero es perceptivo, sensible, irreverente, divergente, disruptivo por naturaleza. Siempre un paso adelante, o al costado, o en paralelo al camino que transitamos el común de los mortales. En cada clase que compartimos empatizo con el profesor de turno y pienso en el desafío que le debe resultar tenerlo como doctorando. Hace las preguntas que incomodan, que corren de eje los debates, nos despabila, nos divierte, nos desconcierta y siempre, de un modo u otro nos hace pensar.

En esta semana que pasó, yo, al igual que todos, he estado bastante desorientada en la organización del tiempo y las tareas. Disuelto el engranaje de mi intensa rutina, he ido reconfigurando tanto el uso del tiempo como los objetivos día tras día. Hace una semana, el desarrollo del proyecto de tesis del doctorado era el imperativo que se imponía en cualquier disponibilidad de tiempo libre, sin lugar a dudas. De repente me encontré con mucho tiempo libre, y si bien me he ocupado del tema, me ha costado mucho hacerlo. Me he preguntado una y otra vez por qué, si suelo tener gran auto determinación para hacer lo que me propongo.

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A casa

Anoche, escuché el mensaje del Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, que entre otras cosas dijo…
“La crisis sanitaria mundial a la que nos enfrentamos con el coronavirus COVID-19 no tiene precedentes por lo que las respuestas habituales no sirven y se necesitan respuestas creativas, ha asegurado el titular de la ONU, para quien esta pandemia representa al mismo una oportunidad única de dirigir la recuperación hacia un camino más sostenible e inclusivo”

Al instante hice un insight (darse cuenta) de la situación, entendí por qué no podía avanzar en mi proyecto, ya que sencillamente había perdido el interés, experimentaba una notable desmotivación por aquello que motorizaba mi agenda hasta hace una semana. Es que de repente comprendí que el mundo, así tal y como lo conocemos, ya no será el mismo.

Entendí la magnitud de lo que estaba ocurriendo. La legendaria expresión de Mafalda, “Paren el mundo, me quiero bajar” siempre tuvo su eficacia por basarse en una distopía, todos sabemos que el mundo, no se puede parar… ¿o sí?

Es que el mundo ¡se está parando! Aquello que estábamos seguros que no podría ocurrir, finalmente ocurre. Ni las guerras, ni las crisis económicas han impactado de manera global el curso de la civilización como esta crisis. No hay ganadores y perdedores, no hay lugares más seguros que otros. La paradoja del aislamiento físico social en el momento de mayor hiper conectividad social virtual, es casi una burla del destino que nos pone de cara a la dimensión más nociva del virus, que no es su capacidad para destruir alvéolos pulmonares, sino su capacidad para conminarnos al aislamiento, y que nos conduce a una revalorización de la importancia de los vínculos y del contacto socio afectivo.

Que el ser humano es un ser social, ya lo han afirmado antropólogos, psicólogos, filósofos, comunicadores y pensadores en general de todos los tiempos. Pero no habíamos dimensionado tal vez el poder inconmensurable de un virus, no por el orden biológico de su potencial de contagio, sino por su impacto social.

Entonces mi proyecto de tesis dejó de ser prioridad, dejó de ser urgente e importante ante un entorno conmocionado, ante un mundo que cambiará radicalmente su forma de funcionar. Sin ser catastróficos, no estoy hablando sólo de las muertes masivas, estoy hablando de que la epicrisis que sobrevendrá al colapso socio económico a nivel mundial, va a hacer que la forma de distribuir los recursos, la información y el poder, no sea la misma. En ese sentido digo que el mundo tal y cual lo conocíamos, ya no existirá más. Ese pensamiento me condujo inmediatamente a retomar la lectura de una síntesis de El cisne negro, que mi compañero me había recomendado una semana atrás.

El cisne negro es un libro de Nassim Nicholas Taleb, ensayista e investigador libanés nacionalizado en Estados Unidos, que trata sobre el impacto de lo altamente improbable, sobre los acontecimientos imprevisibles que lo cambian todo. Aquello que no vemos venir. Lo que no podemos anticipar, que escapa a nuestra lógica cotidiana.
Lo que se da en llamar la lógica del cisne negro surge del hecho de que antes del descubrimiento de Australia, se creía que todos los cisnes eran blancos, sólo porque nadie había visto un cisne negro. Pero que algo escape a nuestra percepción, no significa que no exista. Sólo que estamos preparados para ver a través de lo que conocemos. Lo que los psicólogos llamamos esquemas perceptuales, operan como filtros que hacen que recortemos, organicemos e interpretemos de forma sesgada los datos que llegan a partir de nuestros sentidos. Ver lo que queremos/podemos ver. Desde un punto de vista epistemológico son los paradigmas desde los cuales abordamos un tema, problemática u objeto de conocimiento.
Esos filtros hacen que tendamos a ignorar lo que no habíamos visto antes, porque nos incomoda sentirnos ignorantes, los humanos tendemos a acomodar y explicar los hechos en función de nuestros saberes previos. Eso nos hace más vulnerables ante la aparición de los “cisnes negros” ya que aceptar nuestro desconcierto y la falta de recursos para afrontar lo desconocido es difícil. Las crisis, justamente, se caracterizan por surgir de eventos inesperados en los cuales el factor sorpresa, nos deja sin recursos. Lo que nos servía y ordenaba nuestra existencia hasta ese momento, nos resulta inútil para la nueva situación.
Debemos escribir un nuevo relato, pero sin poder prever lo que vendrá, y sin conocer con qué elementos contaremos. Así estamos hoy a nivel mundial. Asumiendo la sorpresa, la ignorancia, la incertidumbre que para el humano es sumamente ansiógena. Tolerar la incertidumbre aceptando que fuimos sorprendidos por un cisne negro, es el mayor desafío.
Para Taleb, lo improbable e inesperado puede jugar un papel favorable en nuestro rumbo, si estamos abiertos a reconfigurarlo en función de los hallazgos (¿serendipity?). Centrarse en las consecuencias de lo inesperado, contrariando la tendencia a aferrarnos a lo conocido, a lo pasado, a lo esperable, puede ayudar a construir una nueva narrativa para valorar al evento “cisne negro” como motor de transformación no destructiva. Generar afinidad con lo inesperado e incorporarnos al cambio…
Tomando una expresión de uno de los resúmenes de dicho libro que circula por internet, podemos hacer el ejercicio de preguntarnos “¿Qué crees que podría tener el mayor impacto en tu vida hoy?” si tratamos de situar esta pregunta hace un mes o una semana atrás, la respuesta es una totalmente diversa a la que podríamos pensar hoy, cierto? Esa es la lógica del cisne negro. Esa lógica nos ayuda a comprender el estado de shock en el que estamos, la heterogeneidad de reacciones, de conductas, de respuestas. La negación, el miedo, la ansiedad ante aquello que no podemos controlar, la angustia, cuando caen las ficciones de control que hasta ayer eran eficaces para lidiar con los problemas cotidianos, que hoy son otros y que desconocemos cuáles serán mañana.
Lo antifrágil
En otra de sus obras, Taleb introduce el concepto de antifragilidad, al referirse a cosas que se benefician o crecen a partir de los sobresaltos, el desorden, el riesgo y la incertidumbre. Al no encontrar una antinomia para frágil, decide usar el término “Antifrágil” como concepto que trasciende al de resiliencia. La resiliencia, también tomada de la física, es la capacidad de permanecer igual luego de haber sido sido expuestos a una fuerza que altera, la antifragilidad en cambio, implica una mejoría respecto al estado anterior.
La crisis mundial que estamos atravesando, no sin dolor, no sin pérdidas de todo orden, no sin duelos para los que no estamos preparados, puede ser al mismo tiempo una oportunidad de transformación global del modo de ser en el mundo. Quienes estamos, hoy, quienes estén o estemos, mañana, tendremos un rol y una misión diferentes a la que teníamos hasta ahora.
Los itinerarios recorridos hasta hoy, nos servirán si somos capaces de lidiar con la impotencia y la incertidumbre que nos provoca el caos, para aceptar la transformación, siempre y más que nunca social. Así podremos relanzarnos con todo nuestro potencial a lo que vendrá, desenvolviéndonos en lo inesperado y dejando fluir la antifragilidad.
Finalmente les cuento, que mi primer aprendizaje en esta etapa de re-significaciones, es que el auténtico valor del Doctorado no está en el trayecto académico, sino en los hallazgos humanos, los seres que encontramos en ese y en todo ámbito de interacción humana, a todos: gracias. Y por si no fuese suficiente poner en valor los vínculos, ese compañero dispuesto a sostenerme si me desplomaba el sábado en clase, ese que me invitó a reflexionar sobre el cisne negro y por tanto inspiró esta nota, ese mismo, forma parte silenciosa e incansable del equipo de la UNR que hoy está trabajando intensamente para la producción de respiradores artificiales para afrontar la pandemia. Gracias a la vida que nos ha dado tanto, ¡gracias Cristián Antiba!