Catón, el censor

Un Concejo lleno de ñoquis

Redacción Rosario Nuestro

sábado 23 de diciembre, 2017

Catón, el censor, siempre se diferenció entre sus pares de la
política romana por su austeridad extrema, lo que le otorgaba un decidido perfil de autoridad entre tantos frecuentadores de bacanales interminables. No lograba comprender porqué en esta ciudad a la vera del río Paraná se les llamaba ñoquis a los empleados del estado que vivían sin trabajar y cobrando sus emolumentos puntualmente. El joven mancebo Domingo lo
adentraba a Catón en los recovecos de la forma de manejarse de estas sanguijuelas del erario público y le mostraba cómo de seguir así en el llamado Palacio Vasallo, sede del Honorable Concejo Municipal, sería imposible seguir albergando a tanta gente que lo único que tenían en
común no era el servicio a los vecinos sino el cobrar puntualmente los días 29 .

Y así se fue anoticiando Catón, cada vez más agrio, que cuando reabrió el Concejo en diciembre de 1983, con la presidencia de Alejandro Gerosa, trabajaban allí 72 empleados y que con ellos bastaba para que el cuerpo deliberativo local sesionara dos veces por semana, los días lunes y jueves.
Espantado Catón se informaba que bajo la presidencia de Daniela León en este caluroso diciembre del 2017, los asalariados superaban el millar y medio y que apenas sesionaban una vez cada siete días.

Otro mancebo de nombre Alejandro, que los acompañaba en las escalinatas del Parque España, les recordó que la ciudad había crecido en muchos habitantes desde Gerosa a León y que a lo mejor era necesario aumentar la cantidad de colaboradores rentados . Catón lo fulminó in limine al mozalbete Alejandro con su acritud reconocida, diciéndole que en 1983 había 38 concejales y que ahora en el tórrido verano que estamos
padeciendo había para más habitantes un número de concejales que no superaban la treintena, y que ese criterio sano de rebajar la cantidad de concejales no había tenido correlato porque se había aumentado ad infinitum la cantidad del personal escarnecidos por el pueblo como ñoquis.

Lo que molestaba mas a Catón era que tanto Domingo como Alejandro tomaban esta estulticia con pasiva resignación y que por extensión tal írrita
mansedumbre dominaba a los vecinos de Rosario. Pese a las ganas que tenía el censor de seguir dando cátedra a los mancebos imberbes, se fue de allí pensando que durante su Consulado en el 195 A.C. había pasado a la historia como el gobernante de mayor austeridad en la época del Imperio Romano de Occidente. En su frugalidad habitual no había espacios para la tradicional lasagna que devoraba Cicerón en las trattorías del trastevere romano y que
los gnocchis di panne eran una excentricidad propia de los udineses y triestinos . Estaba contento con él mismo al no haber prolongado la discusión con los jóvenes Domingo y Alejandro. Ya sé enterarán por sí mismos, lamentablemente, adónde lleva este tipo de abusos, como el de los ñoquis rosarinos. Así no hay erario público que aguante. Masculló “Abusus non est usus, est corruptela”. Y feliz con su parquedad se fue a tomar una infusión tibia con galletas en un cafetín de la bajada Sargento Cabral, recordando una máxima que hizo célebre en su magisterio: “Es casi un Dios quien ,teniendo razón, sabe callarse”.

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