philadelphia, una bisagra

Tres miradas del VIH/Sida desde el cine

Abordada desde distintas perspectivas, la problemática llegó a la meca de la pantalla grande con algunos títulos que quedaron grabados a fuego en el espectáculo mundial.

Por Eugenia Ludmer

viernes 1 de diciembre, 2017

El VIH/Sida es sin dudas uno de los hitos del siglo XX no sólo por sus implicancias médicas sino además culturales y sociales. Desde los primeros casos, en los albores de la década del ’80, el pánico, la ignorancia y la discriminación colectiva fueron tres ejes que atravesaron la escena pública mundial. El cine de Hollywood como contador de historias pero también como motor de la función social del arte, abordó la problemática bajo distintas miradas, que pueden resumirse (con las arbitrariedades del caso) en tres grandes películas: Philadelphia, de 1993; Y la Banda siguió tocando, del mismo año; y el salto hacia Dallas Buyers Club, de 2014. Todas basadas en historias reales.

La primera, dirigida por Jonathan Demme, marcó una bisagra a nivel interpretativo y narrativo. Abrió la puerta para hablar de Sida desde la perspectiva individual, personal, del sujeto que padece la enfermedad pero con otra vuelta: la laboral. La discriminación en el trabajo aparece como el elemento transversal de la trama. Las escenas del  juicio del memorable personaje de Tom Hanks, Andrew Beckett, al estudio de abogados y la defensa de Joseph Miller por Denzel Washington fijan la cuestión del trabajo como un norte del relato.

El ribete subjetivo alcanza su punto cúlmine cuando Beckett, en la fase final de la enfermedad escucha La mamma morta, de la ópera Andrea Chenier, mientras el personaje de Washington lo observa. Ese fragmento desnuda, por la gestualidad; los planos contrapicados y las luces con el rojo como color predominante; la psiquis de ambos: del enfermo de Sida y del que lo mira.

La segunda obra, Y la Banda siguió tocando, de Roger Spottiswoode, estrenada un mes después, pone sobre el tapete la disputa en el seno de la comunidad científica con la aparición de los primeros contagios en Estados Unidos. La obsesión de la medicina occidental en la división por casos y el consecuente desconcierto cuando algo (o alguien) no encaja. La llamada peste rosa, en los inicios de la enfermedad, dada la incidencia en hombres homosexuales, sufre sus primera desmitificación.  El proceso de investigación, la falta de fondos, la tensión entre la libertad sexual y la preservación de la salud (con la lupa sobre la homosexualidad), son tres de los puntos clave para la comprensión de un filme de una riqueza poco valorada, quizás por la contemporaneidad con la oscarizada Philadelphia.

Por último, tras una elipsis temporal, aparece Dallas Buyers Club al mando de Jean-Marc Vallée. Si bien se sitúa a mediados de lo ’80, amplía el panorama sobre el VIH/Sida y ofrece una perspectiva más integral. El personaje de Mathew McConaughey, Ron Woodroof, es un heterosexual,  del sur de Texas, que tras ser diagnosticado se enfrenta con sus propios prejuicios. A diferencia de Philadelphia, también centrada en una historia autobigráfica, a Woodroof se lo ve más que como un enfermo de Sida. McConaughey refleja la crudeza de la sintomatología del virus con una transformación física esterotípica al extremo, pero además, las otras facetas de una personalidad  homofóbica y ambiciosa.

Por otra parte, introduce también la problemática trans, una de las poblaciones más afectadas por los lugares de la marginalidad social que la cruzan, a través del personaje del majestuoso Jared Leto. Un asunto con el que ya se metió el cine europeo, Pedro Almodóvar mediante, en piezas como Todo sobre mi madre. Agregado a eso aparecen los artilugios económicos de la maquinaria farmacéutica en torno a la droga AZT y al posterior cóctel que salvó millones de vidas, un factor central de la historia.

De abordajes dispares, las tres cuentan con algunas aristas comunes: la especificación en la fase final de la enfermedad, con los rasgos corporales estereotípicos a la orden del día; la ausencia de referencias a la condición de portador y la insoslayable mirada en la comunidad gay.  Todas hijas de una industria que tomó los prejuicios de un occidente paralizado desde el punto de partida,  que dudosamente escapó a los lugares comunes. Una industria- Hollywood- a la que todavía le faltan muchas historias que contar sobre VIH/Sida.

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