OPINIÓN

Salud en tiempos de estrés

lunes 6 de agosto, 2018

Dicen por ahí que nos enfermamos por estar estresados, que el estrés afecta la sexualidad, que alguien tuvo un “pico de estrés”, y en definitiva, solemos atribuir al estrés una gran parte de nuestras dolencias y penurias cotidianas, distribuidas en el abanico del estrés laboral, estrés post traumático, estrés por la mudanza, por la economía, por los exámenes, etcétera, etcétera, etcétera.

Pero, ¿sabemos qué es el estrés?

Walter Cannon, definió el estrés como la reacción fisiológica provocada por la percepción de situaciones adversivas o amenazantes.  Destacaremos la palabra percepción, ya que la respuesta puede desencadenarse ante circunstancias o estímulos que en sí mismos no ponen en riesgo la vida, pero que cognitivamente son interpretados como peligrosos. Es decir, si se percibe una amenaza a la integridad psicofísica (real o no), o si, capacidad simbólica mediante, interpretamos una situación “como si” fuese de vida o muerte.

La palabra estrés proviene de la ingeniería y consiste en la acción de fuerzas físicas de las estructuras mecánicas. Estrés es sobrepresión o tensión.

El término estrés aplica tanto a las situaciones estímulo (factor estresante) como a la respuesta a esos estresores (reacción fisiológica).

Ante una situación percibida como amenaza, se desencadena una actividad enérgica, una respuesta neurovegetativa (Sistema Nervioso Autónomo) y endócrina de procesos catabólicos que movilizan las reservas energéticas. En esa respuesta se activan ejes neuro endócrinos capaces de segregar sustancias que nos preparan para luchar o huir.

La fluctuación y la adaptabilidad definen la salud, la pérdida de esas capacidades constituye la enfermedad, como desregulación de los ejes que integran los sistemas Psico Neuro Endócrino Inmunológicos (PNIE). Para entender gráficamente de qué hablamos cuando decimos que si algo altera un punto del sistema se desregulan todos los otros, podemos pensar en la forma que nos expresamos al decir por ejemplo “¡esta situación me enferma!”.

En el estrés, la secreción de adrenalina, noradrenalina y cortisol, incide en la preparación de los músculos para el ejercicio, en el aumento  del flujo sanguíneo y la presión arterial, de la frecuencia cardíaca y respiratoria, y otras modificaciones adecuadas para la lucha o la huida, pero en muchos casos, en las situaciones que percibimos como amenaza permanecemos en un estado de inhibición de la acción, lo cual hace que esos cambios puedan ser perjudiciales para nuestro organismo.

Si los estresores persisten a lo largo del tiempo (estrés crónico), podemos sufrir daños en el tejido muscular, alteraciones metabólicas, aumento patológico de la presión arterial, infertilidad, disminución del crecimiento en el caso de los niños, y supresión de la respuesta inmunitaria, volviéndonos más vulnerables a enfermar.

En definitiva, la respuesta de alerta del estrés es adaptativa para la vida en tanto no se prolongue en el tiempo. Está bien responder ante la sobrepresión, pero si la situación persiste (por ejemplo el cuidado de personas enfermas) sería saludable desarrollar estrategias de afrontamiento que nos permita reconfigurar nuestro esquema vital acorde a la nueva realidad, para que deje de activar la respuesta de estrés.

Cualquier crisis vital, aun las esperables, puede tornarse en estrés crónico si no reconfiguramos nuestro modo de vincularnos con el entorno cambiante. La vida nunca está libre de adversidades o de cambios repentinos, pero siempre podremos atravesarlos con resiliencia.

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