No esperes nunca una ayuda

sábado 31 de marzo, 2018

Por Vicente Luis Cuñado

La razón de la perdurabilidad en el tiempo de algunas letras de Enrique Santos Discépolo  y que hayan logrado una sólida permanencia en el recuerdo popular fue sin dudas el rigor de sus sentencias y los aciertos en sus agoreras predicciones.

Su “Cambalache” y en menor medida su “Yira yira” siguen en el imaginario popular, a los tropezones, pero siguen. “Yira yira” fue estrenado por la cancionista mas afamada de esos años, Sofía Bozán, en la temporada del teatro Sarmiento en 1930, en la revista “Que hacemos con el estadio” y fue un éxito total desde su estreno.

En un diálogo que en noviembre de ese año mantienen en un corto cinematográfico el poeta y Carlos Gardel, Discepolín le confiesa que este tango es una canción de soledad y desesperanza y que el protagonista después de cuarenta años se desayuna con que los hombres son unas fieras.

Nunca el tango, ni antes ni después de “Yira yira” llegó a alcanzar un canto de mayor desolación que en esta imprecación discepoleana. Para entender el suceso de “Yira…” hay que ubicarse en la desgarrante realidad por la que atravesaba el hombre común.

Mientras la Bozán nos cantaba aquello de que buscaba un pecho fraterno para morir abrazau y no lo encontraba, se iniciaban en el país medio siglo de golpes militares alternados con democracias interrumpidas abruptamente por las asonadas de los cuarteles, siempre prestos a acudir al llamado de quien se los requiriera, empezando por Leopoldo Lugones, seguramente el más relevante golpeacuarteles que haya tenido la historia nacional.

En ese mismo 1930 en el que Uriburu derrocara al gobierno de don Hipólito Irigoyen, confesaba una vez más Jorge Luis Borges su incapacidad por comprender al tango y a sus letras.

Publicaba en su ensayo sobre “Evaristo Carriego”, no sin un dejo de melancolía y nostalgia, que posiblemente la verdadera poesía de esos tiempos sea la atesorada en las letrillas tangueras contenidas en “El alma que canta” . Inundaban las pantallas del cine mudo der la calle Lavalle las figuras majestuosas de Greta Garbo y Rodolfo Valentino.

Asomaban las primeras orquestas típicas como los conjuntos de Julio De Caro , Osvaldo Fresedo , Roberto Firpo  y Francisco Canaro. Mientras todo ello ocurría en la Buenos Aires de 1930, Discépolo había sabido llegarle al corazón de la gente que canturreaba por las calles aquella cantinela que pregonaba  “verás que todo es mentira y verás que nada es amor”.

Enrique iba un paso adelante del resto de los letristas tangueros y mil pasos por delante de Borges en su llegada al pueblo. En el colmo del bajón anímico y una intensa depresión el hombre grita desesperanzado  no esperes nunca una ayuda ni una mano ni un favor. En este territorio, donde no existen las gauchadas, es probable que a Discépolo se le reconozca verosimilitud al describir las desgracias ciudadanas, pero se le reproche la descripción de un  mundo sin esperanzas ni futuro. Discepolín fue un fotógrafo de la realidad de los años treinta pero se le cuestiona su exagerado escepticismo y su renuncia y entrega ante los infortunios que la vida nos presenta a diario.

En  1943 escribe Discepolín uno de sus tangos más universales, “Uno” junto a Mariano Mores, y allí Enrique nos advierte que en nuestra caída podemos llegar  hasta un desconocido “punto muerto de las almas”, y quizás esa especie misteriosa como el Aleph borgiano, que contenía a todos los puntos del espacio, ocurra en ese momento extremo en que te das cuenta que se prueban la ropa que vas a dejar.

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