OPINIÓN

Los sonidos del silencio

jueves 29 de marzo, 2018

Estamos habituados a pensar el silencio con una connotación negativa, ya sea por el oscurantismo de las voces silenciadas, por el ocultamiento perjudicial a través del silencio, por la falta de compromiso solidario del silencio cómplice que no denuncia, por el silencio del miedo y de la más profunda tristeza, o por la sofisticada expresión de violencia que implica el silencio amurallado en una relación, el mutismo deliberado y hostil, hiriente, que separa, desune, aleja, corroe, duele…

Pero tanto nos cuidamos de esos silencios oscuros, nefastos, que caemos en una conducta evitativa que sistemáticamente nos induce a vivir inmersos en un mar de estímulos sonoros que traspasan fácilmente los umbrales hacia la contaminación auditiva.

La inundación permanente de estímulos a los que estamos sometidos de por sí en la vida urbana, especialmente en las grandes ciudades, incrementada ahora por los estímulos virtuales emergentes de las nuevas tecnologías, hace que sea prácticamente imposible registrar el silencio (siempre relativo claro), o dejar la vista libre para recorrer visualmente el entorno captando detalles no mediados por una pantalla, o percibir el aroma de nuestros propios cuerpos incluso, que ya no reconocemos si no están empapados en fragancias artificiales y socialmente agradables claro. Del mismo modo que nos vamos deshabituando a los sabores originales y simples de las carnes, verduras, frutas, y demás alimentos porque existen cada vez más formas complejas de preparar, condimentar, salar en exceso o endulzar artificialmente, procesar o “disfrazar” de manera práctica y rápida el sabor de origen, reinventándolo hasta el olvido! La sonorización permanente de los ambientes públicos y privados, hace que en general sólo recordemos los sonidos del silencio cuando hay cortes de energía eléctrica.

El jueves a la nochecita estaba en un emblemático bar de nuestra ciudad con mi familia, con una hermosa vista al río, y muchas aves revoloteando entre los árboles, pero el estridente sonido del parlante que emitía música a todo volumen, hizo que no permanezcamos demasiado tiempo allí sentados, porque todo intento de apreciación del paisaje, diálogo o deleite de la tranquilidad, quedaba obturado por ese ruido invasivo, que lamentablemente no todos parecían notar o padecer. Digo lamentablemente, porque en general se ha instalado incluso dentro de los hogares, la costumbre de tener el televisor encendido con un volumen cada vez más elevado, mientras que haya alguien despierto en la casa.

Los ritos cotidianos quedaron impregnados de sonidos no emitidos por nosotros mismos, de lo cual se desprenden por lo menos dos tipos de problemas vinculares:

  •  “Shhh…Callate que no puedo escuchar”: Uno es la queja porque el otro no escuche lo que le queremos transmitir, no preste atención a lo que decimos, o lo que es peor nos conmine a callar para poder escuchar las voces que emanan de una pantalla.
  • “¿Por qué no me hablas…?”: El otro es la intolerancia del silencio, basada en la creencia (irracional) de que entre dos personas siempre debe “sonar” algo, o bien un diálogo permanente, o en su defecto alguna fuente de sonido que acompañe el encuentro sorteando exitosamente los silencios que tanto incomodan. Incomodan porque los consideramos un síntoma de disfuncionalidad, y entonces se llega incluso a exigir decir algo, hablar de algo, o encender algo…

Sería fantástico (usando la expresión de J.M.Serrat) que aprendiésemos a respetar y disfrutar de los silencios compartidos. Si lográsemos entender que aquella persona con la cual podemos sentarnos o caminar en silencio, compartir la mesa con algunos silencios, en definitiva acompañar en silencio, es la persona con la que estamos pudiendo crear intimidad.

Es interesante pensar en el movimiento dialéctico del silencio:

  • Silencio que impera cuando nos encontramos compelidos a coexistir con un desconocido (en un ascensor, en el colectivo, en un local comercial, etc.) en especial si queremos mantener distancia.
  • Silencio que es sofocado cuando intentamos establecer un vínculo con alguien (eterno dilema de los que padecen cierto grado de ansiedad social:…”tengo miedo a no saber qué decir”), con todos los denodados esfuerzos por evitar su aparición en escena.
  •  Silencio que vuelve a cobrar protagonismo cuando el nivel de intimidad de una relación es tal que la conexión fluye incluso entre grandes silencios. Silencios amorosos, de cuidado, de respeto, de placer, de complicidad, aquel silencio que aparece cuando nos conocemos tanto que sobran las palabras.

No hay por qué temerle al silencio de la intimidad, e incluso claro, al silencio de la soledad!

Es el silencio que nos ayuda a relajarnos, a contrarrestar los efectos del estrés, a bajar los niveles de ansiedad, a percibir los sonidos sutiles del ambiente, el tic tac de un reloj, un grillo, el agua, el viento, las aves, los animales, nuestra propia respiración…el silencio íntimo en el que podemos centrarnos en nuestro eje y descansar.

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