LA CASA GRANDE

La música, sublime idioma del alma, arte que requiere estudio profundo de por vida, que va de Mozart a Piazzolla, y de Beethoven a Barenboim, no puede tener un solo rostro que la represente.

Redacción Rosario Nuestro

miércoles 24 de enero, 2018

La música, sublime idioma del alma, arte que requiere estudio profundo de por vida, que va de Mozart a Piazzolla, y de Beethoven a Barenboim, no puede tener un solo rostro que la represente.

Creer que la música que a uno lo conmueve y emociona es la mejor, es un error.

A Cachito Contreras, de barrio Azcuénaga, lo hace lagrimear Pity Pity, por Billy Caffaro, porque conoció a la novia cuando sonaba en un baile el cantor de barbita candado.

Y a Luis Cervera, al que todos llaman “El Viejo”, se le pone la piel de gallina cuando suena El Abrojito, cantado por Alberto Morán.

El mellizo Bergamasco había prohibido que en su casa pusieran la música de la película La Casa Grande, que su hermano guardaba en un viejo disco de pasta, porque decía que le subía la presión.

Pablito Pasqualis hubiera puesto a Lennon de presidente del mundo, El Gringo Tonino a Pugliese y Oscar Otegui, a Floreal Ruiz. Mi viejo a D’arienzo y el Narigón Suriani, a Piazzolla. Dante Nazurdi a Beniamino Gigli y el Bombi Tixe, a Manzanero.

Se puede seguir enumerando hasta el infinito y todos tuvieron razón.
Los que no la tienen son los que, erróneamente, creen que el mundo empieza y termina con ellos y que su tiempo, es el único.
El mundo de la música, como los recovecos del alma, es interminable.
El día de los músicos no debería ser relacionado con nombres propios, seguramente valiosos, pero de significado parcial, casi mínimos en la inmensidad de las obras de arte que nos dejaron todos los creadores, cada uno en su parte de la historia.

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