OPINIÓN

Equidad

Por Andrés Cánepa.


Pasaron las elecciones y reinó la lógica: Alberto Fernández fue electo presidente de todos los argentinos. Pero el análisis debe ir más allá y pensar que la paridad que se dio tras la fuerte polarización presenta un escenario impensado a partir del 10 de diciembre.

Con los números provisorios finales, Alberto Fernández cosechó el 48 por ciento de los votos, mientras que el actual presidente Mauricio Macri alcanzaba los 40 puntos. Descontó la mitad de la diferencia de las Primarias, pero no le alcanzó para “darla vuelta”, como pregonaron durante toda la campaña de cara a octubre.

Los números son elocuentes: Macri creció 2 millones y medio de votos, mientras que Fernández sólo 200 mil. La campaña del “Sí, se puede”, salir a la calle y mostrar otro semblante hizo que la mísitica se apodere de las calles y que haya cambiado el ánimo de un gobierno golpeado por el rechazo a las políticas económicas de estos cuatro años.

Uno de los ejes llamativos en el día después es que Macri ganó en Santa Fe tras perder por más de 10 puntos en las PASO, y se afianzó en toda la zona centro del país. También conquistó con una elección aplastante nuevamente la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, consolidando su bastión. Pero la derrota se explica por la amplia diferencia a favor del Frente de Todos en la Provincia de Buenos Aires.

La cara de la victoria en 2015 se transformó en la cara de la derrota. “La Leona” Vidal, que se catapultaba como presidenciable hace 1 año y medio, fue aplastada por los votos de Axel Kicillof. Hay varios artífices de ese resultado, pero sin dudas un punto clave es la participación de Sergio Massa y su ascendencia política sobre muchos intendentes del conurbano bonaerense.

Es la décima victoria del peronismo a nivel nacional en toda su historia, y marca la identidad del pueblo argentino. La alternancia cambia, pero la pertenencia filosófica y doctrinaria de muchos sectores del país al justicialismo es innegable a esta altura.

El equilibrio electoral hace que el Congreso no sea una escribanía a partir del 10 de diciembre. Juntos por el Cambio va a tener más de 100 diputados, muchos intendentes y algunos gobernadores, convirtiéndose en una oposición respetable. No es despreciable el 40 por ciento de los votos para la primera minoría, lo que obliga a Fernández a convocar al diálogo y pensar la salida de la crisis en conjunto con las otras fuerzas políticas.

Tal vez el 54 por ciento del 2011 fue lo que volcó la balanza, y es ahí donde se lastima el proceso democrático y la división de poderes. La famosa República, palabra que muchos dirigentes usan para llenarse la boca y luego se olvidan a la hora de ejecutar le poder. Por eso el resultado es auspicioso para lo que se nos viene. Un 2020 más que difícil, con pobreza cercana a 40 puntos, desempleo de dos dígitos, y un vencimiento de deuda con el FMI de más de 20 mil millones de dólares.

El cepo cambiario no tardó en llegar, como respuesta a la amenaza de Alberto Fernández y el pedido enérgico de que “dejen de fugar dólares”. La necesidad de no encontrar un Banco Central vaciado, y encontrar una capacidad de pago de los compromisos a corto plazo, Macri ordenó un cepo de 200 dólares mensuales para ahorro por persona física y jurídica. Seguramente disparará el dólar paralelo, pero lo importante es frenar el sangrado, que en la última semana superó los 2 mil millones de dólares.

Argentina tiene nuevo Presidente, y también nueva oposición. La grieta, a la que llamó a cerrar anoche Alberto, está más profundizada que nunca, y parece no haber lugar para terceras posiciones en un país en crisis. Equidad, que ojalá se transforme en equilibrio.