OPINIÓN

El jugador del pueblo


¿Será ídolo? Para algunos si, para otros no. En definitiva es casi irrelevante porque lo que es unánime entre los hinchas de Central es que Germán Herrera se ganó un inmenso cariño, respeto y admiración. Su regreso a comienzos de 2016 terminó cambiando para siempre su relación con todos los canallas.

El Chaqueño es, entre tantas cosas, un claro ejemplo de evolución a fuerza de dedicación, profesionalismo, sacrificio y amor propio. De aquel pibe que a mediados de 2004 dejó el club envuelto en críticas por su falta de eficacia frente al arco rival, a este hombre que tuvo una soñada y emotiva despedida ovacionado por todo el Gigante, pasaron cosas.

Casi tres años y medio atrás, cuando regresó a Central, Herrera empezó a escribir una increíble historia en silencio. Su primera virtud fue saber qué rol ocupaba. Entendió que, en pos del beneficio colectivo, no representaba ninguna deshonra ser una pieza de recambio. Quizás nunca se ganó su lugar indiscutido dentro del once inicial pero sin dudas sí en el corazón de los hinchas.

Ruben brillando, Larrondo acompañando en gran nivel, más tarde Teo dándole fútbol a todo el equipo. Pero él siempre estaba, jamás defraudaba en cada ingreso por su inagotable actitud competitiva, sumándole goles importantes a River y Boca.

Todo esto le valió, durante el primer año de su retorno a Arroyito, que sea muy distinta la perspectiva de aquel que más de una década atrás le reprochaba su falta de gol. Esa imagen del Herrera temporada 2003/04 quedó totalmente desteñida, la versión 2016 ya era muy superior y ni hablar lo que vino después.

La inolvidable seguidilla de gritos frente a Newell’s lo instaló definitivamente en un lugar muy especial en la historia auriazul. El que marcó en el Parque para sentenciar el 3-1 en aquel clásico y el que convirtió para el 1-0 en el Gigante a fines de 2017, parecían ser suficientes para inmortalizar su figura, pero fue por más.

Minuto 17, sí el número que lo representó, del segundo tiempo en Sarandí aquella tarde del 1 de noviembre de 2018 con el desolado escenario del Viaducto vacío. Tiro de esquina para Central desde la izquierda, va el Colo Gil. El centro es malo, a media altura, pero la trayectoria la desvía él. Fértoli inmóvil en el primer palo, Aguerre lento de reacción, gol canalla. El Chaco, de taco. Ni George Lucas pudo haber creado una trilogía mejor con un final tan bien logrado.

Desde ese día en el que los del Patón Bauza eliminaron al eterno rival en el camino hacia la conquista, los hinchas le diagnosticaron demencia a Herrera. Ya nada fue igual, mucho menos cuando coronó con un título en una copa que lleva tatuada en su muslo derecho, porque es la más importante de las cinco que alzó en su carrera.

Herrera se retiró del profesionalismo como quería, en su casa, junto a la gente que lo ama, como titular y de yapa, con un triunfo. Conmovido hasta las lágrimas, el 17 se despidió, ya no defenderá la azul y amarilla pero quedará para siempre en el corazón de los canallas. Sin lugar a dudas, el jugador del pueblo.