OPINIÓN

El infierno no existe, según Francisco

lunes 9 de abril, 2018

Un fuerte cimbronazo a esquemas y planteos que teníamos desde hace siglos en el cristianismo vienen ahora a ser rotundamente cuestionados por la indubitable expresión del Papa en el sentido de que el infierno no existe. Es imposible disfrazar con eufemismos la contundencia de lo que sostiene Francisco en el reportaje que le efectúa el periodista italiano Eugenio Scalfari para el prestigioso periódico “La República”.  Dice S.S: “No existe un infierno, existe la desaparición de las almas pecadoras”. Adiós por tanto a la idea o presunción del fuego eterno al que irían a quemarse precisamente las almas pecadoras y no arrepentidas.

Cuando rezamos desde hace milenios en el “Credo” que nuestro Señor “descendió a los infiernos”, en realidad ¿a dónde descendió? Si Francisco hubiera sido Papa en el siglo XIII y no en el XXI ¿habría escrito Dante Alighieri su Divina Comedia? Cabe preguntarse si ese inmortal viaje que emprende Dante acompañado por Virgilio en la búsqueda incansable de su Beatrice habría tenido lugar y la respuesta es que no habríamos tenido ese cimiento de la literatura universal que es el magno trabajo del ilustre florentino.

Es que si en realidad se cae la imagen del “infierno” como cosa física adonde iríamos a parar los pecadores irredentos, se caen también infinidad de apotegmas cristianos y no solamente la “Divina Comedia. En el plano tanguero, las reflexiones del caso corren por cuenta de la obra de Discépolo, que es quien aborda el tema religioso de una manera más sostenida. Es en su primer tango “Que vachache” donde Discépolo hace su carta de presentación tanguera que ya lo muestran exhibiendo un ateísmo materialista incomparable. Vayan por ejemplo alguna de sus sentencias: “Si aquí no Dios rescata lo perdido” o “El verdadero amor se ahogó en la sopa, la panza es reina y el dinero es Dios”.

Por esto solo a Discepolin le habrían correspondido los fuegos sagrados de la Inquisición, Torquemada o lo que sufrió en la hoguera Juana de Arco. Pero hay un tango de Enrique, “Tormenta”  que es un manifiesto libelo herético de principio al fin. Es estrenado por la esposa del poeta, Tania, en la película “Cuatro corazones” de 1939, poco tiempo antes de que Hitler invadiera Polonia desatando el “infierno” de la Segunda Guerra Mundial. Marca allí el tango su cuestionamiento más duro en un poema cuasi blasfemo e injurioso donde se sostiene ante Dios que “lo que aprendí de tu mano no sirve para vivir” y que “la gente mala vive, Dios, mejor que yo” o que “el seguirte es dar ventajas y el amarte es sucumbir al mal”. Hay un verso en el tango “Tormenta” en el que Enrique Santos Discépolo se adelanta casi ochenta años a Francisco , y es en el que dice “Si la vida es el infierno”. Más claro, echale agua .

Si se llama “negacionistas” a los que desconocen el Holocausto. ¿Cómo llamar a los que desconfían de la existencia física y empírica del infierno como el propio Francisco? Al momento de escribir “Tormenta”, el poeta ya era famoso por sus tangos “Que vachache”, “Yira yira”, “Tres esperanzas” o “Cambalache”, pero es en su apostasía máxima, “Tormenta”, donde escribe su verdadera Summa Filosófica. Las referencias a Dios y a lo religioso se cuentan por decenas en los tangos de Discépolo  y “Tormenta” lo que hace es resumir en uno solo lo que expresa en muchos otros, como en “Canción desesperada”, donde reclama vanamente: “¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste…?”

Con menos vuelo poético también roza la blasfemia Francisco Gorrindo en el tango “Gólgota” cuando afirma: “En este Gólgota cruel, donde el más vil, ese la va de juez”. Y que no decir del ateísmo en su máxima expresión que exhibe Antonio Miguel Podestá en su tango  “Como abrazado a un rencor”, donde entre otras sentencias agnósticas expresa el personaje “Yo quiero morir conmigo, sin  confesión y sin Dios” o “Yo no quiero la comedia de las lágrimas sinceras,ni palabras de consuelo ni ando en busca de un perdón, no pretendo sacramentos ni palabras funebreras, me le entrego mansamente como me entregué al botón”. Carlos Gardel inmortalizó estos versos de Podestá cuando lo grabó en Paris el 26 de mayo de 1931. Esa grabación es memorable, y me consta que Francisco la conoce.

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