Catón, el censor

El garantismo berreta

Redacción Rosario Nuestro

viernes 12 de enero, 2018

Como la hostilidad del calor era francamente insoportable, las reuniones habituales de Catón, el censor, con sus jóvenes discípulos Domingo y Alejandro se producían casi entrada la noche, y siempre en los paredones del Parque España. El viejo cónsul no podía entender el caso del turista ruso apuñalado en el centro de Buenos Aires un día domingo por un hombre de 19 años, que el día anterior había sido detenido por asaltar también con un arma blanca un negocio junto a dos secuaces. ¿Y cómo estaba en libertad?

Era preso Catón de un ataque de furia al comprender que la realidad de nuestras ciudades y nuestros pueblos lo rebalsaban. Le explicó el mancebo Domingo que al agresor del turista lo había liberado un juez y por eso estuvo en condiciones para reincidir y que en realidad el 80 por ciento de los ladrones, asaltantes y estafadores siempre reinciden . Trató de amansar al viejo magistrado romano el joven Alejandro, diciendo que todo esto era consecuencia de la doctrina llamada “el garantismo”, fruto del cual se habían morigerado las sanciones con aliviadas tales como la ejecución condicional de las penas, las excarcelaciones, las salidas transitorias, las visitas higiénicas, las prisiones domiciliarias, las puertas giratorias, las salidas por paternidad o maternidad, las tobilleras electrónicas y las razones humanitarias.

¡Vade retro, gritó Catón! Se han pasado por el traste decenas de siglos desde la ley de las XII Tablas y la irrefutable doctrina del Ius Punendi. Todo esto es culpa del penalismo “humanitario” de Cesare Beccaria que se propuso transformar a los delincuentes en carmelitas descalzas.  E inmediatamente el ilustre tribuno romano recurrió a esa sana costumbre de subirse a un banquito y apostrofar a la plebe: “Argentinos manga de ignorantes. Guarden a los delincuentes en las cárceles y ciérrenlas con doble candado. ¡Que la gente decente pueda caminar tranquilamente por las calles, sabiendo que los forajidos están in galera!”. No faltó el que pasó por su lado y le gritó “Fascista,reaccionario”, ni el protector de derechos humanos que gritaba “Basta de cárceles y condenas, viva el sentido libertario de gozar del dolce far niente” .

Catón se bajó del banquillo desanimado y le preguntó a sus jóvenes discípulos si conocían algún constitucionalista para recomendarle la inserción de una pequeña modificación en la ley máxima de los argentinos. Allí, en el art. 18 donde dice que las cárceles deben ser sanas y limpias y para proteger a los encartados, debe decir que las cárceles tienen que ser grandes, muy grandes, grandísimas, y para proteger a los ciudadanos que trabajan y pagan sus impuestos . Y se marchó saludando a sus discípulos, no muy seguro de que lo hubieran entendido. Ya era de noche y pretendió tomar su rutinaria taza de mate cocido con galleta, pero otra vez se fue a acostar en ayunas porque lo indigestó a priori que en el camino al cafetín de la bajada Sargento Cabral escuchó desde una lejana bailanta los acordes de Rocío Quiroz desentonando orgullosa “La villa no es pa ´cualquiera”.

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