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De República de la Sexta a Miami: la historia de Anabel, un clásico rosarino

Omar Antolini, fundador y dueño del local gastronómico, recordó su trayectoria y reveló sus secretos en diálogo con Rosario Nuestro.

Una pequeña panadería de barrio, pero con un “gran espíritu de superación”. Así es como se define Familia Anabel desde su página web al narrar su historia, que comenzó en 1977 y lleva más de cuarenta años de trayectoria. Rosario Nuestro quiso traspasar la barrera digital y conocer los detalles y sensaciones en primera persona. Por este motivo, Omar Antolini, fundador y dueño del reconocido local, abrió las puertas de la casa central, ubicada en Santa Fe 2158, y relató su recorrido.

El clima familiar reina dentro de la sucursal y en cada una de las palabras de Omar. “Trabajamos tremendamente con mi señora María Teresa durante dos años”, cuenta y continúa: “Aún ella siendo odontóloga me ayudaba a la mañana y yo atendía a la tarde y a la madrugada hacía la mercadería”. El esfuerzo, poco a poco, empezó a tener su recompensa, las mejoras dentro del negocio iban a la par con el paso del tiempo y comenzaron a incorporar sus primeros empleados.

Nos planteamos no vender por vender, sino hacer cosas buenas para que la gente volviera”, rememora y confiesa: “Así pasaron los años hasta que decidimos alejarnos por cansancio”. De acuerdo con su relato, trabajar en el rubro implica  no descansar ni sábados, ni domingos, ni feriados, desde la madrugada hasta la medianoche. El crecimiento del negocio sumó a nuevos trabajadores, entre ellos los hijos de Omar y María Teresa: Ana Elvira, Abel y más tarde, Ana Gloria.

En esta misma línea, el nombre de la panadería también está atravesado por la esencia familiar. “Anabel se llama porque juntamos Ana con Abel por mis dos hijos. Aparte mi mamá y mi mujer se llaman Ana y mi suegro se llamaba Abel. Pero diez años después nació mi tercera hija y su nombre entonces tenía que ser Ana. Así la bautizamos Ana Gloria en recuerdo a una íntima amiga de mi mujer que falleció”, explica y destaca que la denominación “es un homenaje para todos”.

El matrimonio decidió entre 2005 y 2006 alejarse del negocio que los acompañó por tantas décadas y sus hijos se pusieron al frente y ampliar el rubro para darles una “vejez tranquila” . Por este motivo, debieron hacer una modificación en el nombre. “Era sumar a la denominación Asociados y esas cosas extranjeras que no me gustan. Dije ‘vamos a seguir con la gringada’ y le pusimos Familia Anabel”, comenta con una sonrisa.

Aquella pequeña panadería fue incorporando con el tiempo dos sucursales, salones de fiesta, un servicio de catering y otro de delivery. El broche de oro llegó este año cuando sus hijos les hicieron una sorprendente propuesta: “Mirá papá, queremos poner un negocio en Miami”. Omar expresa que el proyecto en un primer momento lo deprimió porque pensó que se iba a quedar sin los suyos, pero con la mira en el progreso lograron convencerlo.

“Siempre digo cómo un tipo que nació en la República de la Sexta y se crío en La Tablada, es hincha de Central Córdoba y es tanguero, va a terminar en Miami”, reflexiona y tras mencionar el tango, recuerda a uno de los artistas más conocidos de la ciudad que fue cliente de Anabel en su juventud. “Yo le decía algún día explicame vos quienes son The Beatles y yo te voy a explicar quién es Pugliese”, recuerda sobre Fito Páez, quien a sus quince años se acercaba a comprar alfajores de chocolates mientras conversaba sobre música.

Antes del cierre del diálogo con este medio, revela los secretos que hacen que Familia Anabel continúe con su calidad a lo largo del tiempo. “Cuando empecé hacía la mesa de trabajo, que para los panaderos se llama torno, yo hacía 20 amasijitos con un kilo de harina, pero con la idea y la condición de que se venían hoy. Mañana lo hacía de nuevo. No hacía diez kilos para que me duren la semana”, indica sobre su primera fórmula y precisa que el segundo es seguir la receta al pie de la letra. “Si pones los ingredientes como corresponde, es muy difícil que no te salga bien. Lo malo está cuando querés empezar a ahorrar, entonces se transforma en una cosa fea”.

El último secreto que Omar Antolini descubrió junto a su esposa y sus hijos en sus cuarenta años de trayectoria es “la impronta de la cara visible”. En este escenario, la nostalgia invade sus respuestas y cuenta que en sus primeros pasos él siempre estuvo entre los clientes con un “cuadernito y un lápiz en la oreja”. Sus descendientes incorporaron modernidad con teléfonos y computadoras. Sin embargo, como indica la página web de la firma, Familia Anabel ha superado el recambio generacional por el mismo rasgo característico, su fórmula detrás del éxito: la “obsesiva necesidad de hacer las cosas bien”.