OPINIÓN

Cuando mi hijo tiene que ser el próximo Messi

Redacción Rosario Nuestro

martes 6 de marzo, 2018

Por Victoria Otaño

Durante la infancia, es la etapa donde los niños descubren infinidad de intereses por diferentes actividades o deportes.

El disparador, siempre es un motivo lúdico, el niño desea jugar y compartir con sus pares, lo cual es algo saludable y fundamental para un correcto desarrollo, pero muchas veces, cuando quedan en manifiesto las capacidades y habilidades del menor, aparecen los adultos, padres, abuelos, los entrenadores o cualquier otra figura de autoridad y comienzan a presionarlos excesivamente. Ellos ven una posible veta profesional, o buscan que el niño realice su propio sueño frustrado o el más común de los motivos que es que “los salve económicamente”.

Todas estas personas que, quizás sin quererlo, toman ese rol, realizan una serie de conductas que al niño le impactan negativamente y le quitan la parte lúdica al deporte, están las más evidentes como por ejemplo que asistan a todas las prácticas de los niños, griten desde las tribunas, se enojen desmedidamente con el menoro con los entrenadores cuando las cosas no salen bien, en ocasiones pueden generan disturbios con los demás espectadores o por ejemplo griten directrices al niño, a sus compañeros o a los entrenadores.

Pero también existen otra serie de conductas y acciones quizás no tan evidentes (ya que no son visibles en lugares públicos) y que impactan de igual manera en la mente del niño, el Psicólogo deportivo y docente de la carrera de Periodismo Deportivo del Instituto IESERH, Víctor Welshlas, describe como “igual de negativas y nocivas para los niños y son por ejemplo; impedirle que coma determinados alimentos, que asistan a determinados lugares, que tengan ciertas conductas, ciertas posturas, es decir, tengan cuidados profesionales cuando aún tienen edades muy tempranas y no están preparados emocionalmente para responder a esas exigencias”.

En nuestro país, el deporte por excelencia que se practica tanto de manera profesional como amateur, es el fútbol y las historias de los grandes referentes del mismo, comienzan con niños que empezaron desde pequeños a practicarlo como un juego y luego y a muy temprana edad fueron “vislumbrados” por grandes clubes y junto con ello llegaron los contratos, el dinero, los viajes, la fama y todo lo que se conoce. Es muy simple para los pequeños y sus familias, fantasear con llegar a obtener todo eso y, justamente, es por ese motivo que a los adultos les cuesta tanto ver la delgada línea que existe entre acompañar, apoyar a sus hijos e intentar que se superen y exigirle más de lo que pueden dar o presionarlos de tal forma que el niño crea que la única manera de conseguir la aprobación de la figura de autoridad, sea ganando.

Consultado sobre el tema, Víctor Welsh destaca que: “Lo que los niños de hasta 8 años deben hacer es jugar, reírse, equivocarse, divertirse, compartir con chicos de su edad, socializar. Todas estas, son cuestiones que hasta técnicamente cuanto más se equivoque el niño más posibilidades tiene de aprender”

Lo aconsejable a esas edades, resume el especialista,es que “las responsabilidades sean mínimas, como por ejemplo respetar los horarios de las prácticas y los partidos, a los compañeros, etcétera”.

Como consejo fundamental, la propuesta es dejar que no sólo juegue, aprenda y se equivoque en el fútbol o en el deporte que se destaque o haya elegido en un principio, sino que también pruebe con otros deportes y que naturalmente luego decida cuál quiere seguir practicando”. Por otro lado, nos menciona “Para el padre que anhela con que su hijo sea el próximo Messi, quizás eso es una frustración pero será algo que deberá saber manejar por el bien y la salud del niño que es lo más importante”.

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