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martes 20 de febrero del 2024

Condenaron al «Indio» Blanco por facilitar la prostitución

Juan Carlos Enrique Cabrera, más conocido como el «Indio» Blanco, fue condenado a la pena de 4 años y 6 meses por facilitar la prostitución, mientras que su ex mujer, sindicada como la encargada del lugar, deberá purgar 4 años de prisión al igual que la “Gringa”, la mujer encargada de cobrar los “pases” en el hotel que estaba pegado al conocido bar La Rosa, en Pichincha. El falló aún no se encuentra firme y restan etapas recursivas que las defensas de los hoy condenados podrán utilizar para torcer la suerte de sus clientes. En caso de confirmarse la decisión deberán purgar la pena en la cárcel.

Blanco, fue el dueño de la whiskería más conocida de la ciudad por dónde desfilaron hombres de toda clase. Con un salón acondicionado para la atención de las personas de su mismo sexo, ofrecía shows eróticos, coperas y servicios sexuales. Los últimos eran consumados en el hotel que estaba arriba del bar y cuyo ingreso estaba pegado al local, en Callao al 100. Ambos comercios estaban habilitados, e incluso en la calle había un servicio adicional. Un inspector declaró que era un servicio eventual dispuesto por la repartición desde las 23 a las 6 de la mañana ya que la Municipalidad les exigía un inspector en el sector de la puerta para que no se estacionen en doble fila ni en la salida de emergencia.

El inicio de la causa se produjo cuando se hicieron denuncias en medios radiales. En ellas, se apuntaba a La Rosa como un lugar donde se ejercía la prostitución. A partir de allí tomó intervención la Oficina Judicial de Causas con Imputados no Individualizados y el Juzgado de Instrucción 2°, entonces a cargo de Alejandra Rodenas.  Luego de distintas tareas de inteligencia, que incluyeron la presencia de policías de civil en el lugar, se produjo un allanamiento en mayo de 2013. Se encontraron clientes, 18 trabajadoras y su dueño fue detenido.

Una de ellas contó que empezó a trabajar porque encontró el aviso por internet: “Vi que necesitan mozas, bailarinas y algo más”. Le dieron una entrevista para el otro día a las 22 horas y como se asustó su papá la acompaño. Al hombre no le gustó la facha del lugar pero la chica quería ver si conseguía el trabajo. Los primeros dos años trabajó tras la barra y de moza pero se tentó por la plata y comenzó a trabajar de copera y ofrecer servicios sexuales. Tomaba copas con los clientes, por 10 o 15, minutos que ellos pagaban y luego le ofrecía los servicios sexuales.

Todas tienen una historia similar, sólo le pedían el documento para corroborar que fueran mayores de edad. Coincidieron en que el 50 por ciento de las copas y los “pases” quedaban para Cabrera y el otro 50 por ciento para ellas. Los servicios sexuales los prestaban en el hotel y el cobro se hacía en la recepción antes de ingresar a la habitación, al finalizar la noche se hacían las cuentas y a cada chica le pagaban su trabajo.

Los condenados

Mariela Alejandra Otta fue pareja de Cabrera, y la habilitación del hotel estaba a su nombre. Si bien ella se desligó de ello, dijo que al terminar la relación siguió trabajando en el bar como una empleada más y la habilitación quedó a su nombre porque tenían buena relación, pero el resto, la sindican como la encargada y organizadora. Según el fallo ella seleccionaba el personal. También había documentación que la ubicaba como una mujer que participaba en el lugar como algo más que una simple empleada.

Mientras que Mariela Laura Durán, que dijo ser una empleada del hotel, fue señalada por el resto como la persona que estaba en la recepción, cobraba los pases y anotaba en una planilla cuántos servicios sexuales habían prestado cada chica

En su indagatoria Cabrera dijo: “Yo no exploto a las mujeres, tengo un negocio que está habilitado”. Aseguró que La Rosa se desentendía del pacto que puedan hacer las alternadoras y el cliente. Dijo que cobraba 150 pesos el hotel y con las alternadoras tenía un contrato de servicio, el negocio ganaba en el alcohol que consumían los clientes. Aseguró que les prestaba asistencia médica a las chicas y les proveía profilácticos, aunque aclaró que eran para colocarlos en los aparatos que se usaban para los shows, “mi parte posesiva con ellas no es de fiolo”, dijo.

El hombre contó que nació en un prostíbulo, donde estaba el colegio Español: “Yo mal puedo afectar a mis chicas” dijo el dueño de la whiskería La Rosa durante su indagatoria. Y agregó que “yo veo que se desconoce la idiosincrasia y la mentalidad de las chicas que se prostituyen, se desconoce mucho sobre el tema, en particular legisladores o la Policía”, aseguró.

Pero el juez de Sentencia N° 3, Edgardo Fertita, no llegó a la misma conclusión. Entendió que Cabrera y las otras dos mujeres acusadas habían proporcionado sobradas facilidades para el ejercicio de la prostitución al procurar una clientela cautiva a partir de los shows y las copas que se ofrecían. A lo que sumó la contigüidad del hospedaje donde las mujeres llevaban los clientes. No dejó de lado las cámaras que había en las habitaciones, que registraban los servicios de las trabajadoras. Para el juez no es casual que las trabajadoras elijan la misma tarifa para los pases y lo hagan en el mismo hotel. También señaló que el contenido del contrato de locación refiere a la obligación de comunicar enfermedades que impidan la prestación de servicios para los que las mujeres fueron contratadas  y los controles de salud periódicos a los que eran sometidas.

Para el juez está probado que hubo explotación económica y facilitamiento de la prostitución de mujeres mayores de edad y resolvió condenar a Juan Carlos Enrique Cabrera a la pena de 4 años y 6 meses de cárcel. Mientras que María Laura Durán y Mariela Alejandra Otta fueron condenadas a la pena de 4 años por el mismo delito.

Fuente: El Ciudadano