Cultura

Yo sé lo que le digo

El compositor y pianista, Jorge Cánepa, comparte un cuento de su último libro.

Redacción Rosario Nuestro

miércoles 30 de mayo, 2018

-Mire, don Secundino, yo se lo que le digo, desde que apareció este gordo papanatas, todo cambió para peor- El gallego se acomodó la boina y se quedó escuchando los argumentos de don Justo, que siguió:

-Desde que inventaron a este personaje, con ropa de invierno en diciembre, tocando la campanita y simulando una risa de marmota, nada es igual. Ya nadie habla del Niño Dios ni de Los Reyes Magos, y este tipo, disfrazado, que no tiene nada que ver con nosotros, confundió a todo el mundo.

-Es cosa de norteamericanos, agregó don Secundino.

-Sííí!, creo que lo sacaron de una propaganda de gaseosas. Si hasta le metieron los mismos colores! -dijo indignado don Justo, y agregó a los gritos-: ¡Es el imperialismo que avanza, Secundino! Mire usted cómo serán estas nuevas costumbres que mi sobrina empezó a ir a una de esas iglesias modernas y, cuando cerró los ojos para orar, le robaron la cartera.

Los dos viejos españoles eran famosos porque para las fiestas se dedicaban a hostigar a los personajes que daban vueltas por el barrio, con la barba blanca, el gorro y el traje rojos, repartiendo caramelos y simulando estar contentos.

-¡Ve a laburar, vago! Y ríete bien ¿adónde has visto tú que un tipo diga jo, jo, jo! -les gritaban, entre abucheos. Cuando descubrieron que uno de los tantos Santa Claus era el gordo Tarantella, le retiraron el saludo para siempre. Ni lo escucharon cuando les quiso explicar que lo hizo por necesidad. Estaba seco y me gané unos mangos. dijo el gordo, pero fue inútil.

-Vamos, Secundino, que esto no lo merecen los niños -masculló don Justo, el andaluz. Vienen tiempos difíciles, anunció Secundino, el de Galicia.

En el barrio nunca cayó bien la llegada de novedades culturales. Mucho menos entre los viejos que llegaron de España o Italia. Lo sentían como una invasión a sus creencias, a sus convicciones religiosas y a sus costumbres. Y por lo que escuché, no era sólo en el barrio. Por eso me sonó tan representativo lo que le pasó al vasco Javier Arrizabalaga, protagonista de un hecho singular en Juan Bautista Alberdi, provincia de Buenos Aires, su pueblo natal.

-Yo lo hacía todos los años, siempre fui Papa Noel, y nunca falló, pero esa vez hubo un imprevisto -cuenta y se le entrecierran los ojos, como si buscara las imágenes de lo que fue aquel acto fallido- La reunión familiar era en casa de mis viejos, al lado vivía Nelly, una amiga, casi hermana, y una más allá, estaba la casa de mi abuela Porota. Allí escondíamos los regalos y el disfraz. Cuando se aproximaba la medianoche yo me iba de la fiesta con una excusa cualquiera, me vestía y con la bolsa a cuestas, saltaba a lo de Nelly, esperaba las doce, saltaba de nuevo y aparecía en la reunión para repartir juguetes, golosinas y cotillón. Cuando los chicos se distraían abriendo los paquetes, subía la escalera a la terraza y encendía una torta de fuegos artificiales, comprada en Álvarez, de una potencia similar a las que se usaban en los grandes eventos populares-. El vasco hizo una pausa, como buscando una explicación, y siguió:

-Esa Nochebuena sentía un orgullo bárbaro y en el boliche de La Gringa Elvira les conté a mis amigos más íntimos, el gallego Pérez y el catalán Salse:

-¡Me trajeron un disfraz de Finlandia sencillamente extraordinario! Barba natural, gorro con anteojos, traje de seda y una panza incorporada. ¡Nunca más el almohadón que se corre para todos lados!

Esa noche, a las doce menos cuarto ya estaba listo. Salté a lo de Nelly esperando el sonido de canal nueve, donde Romay iba a gritar el acostumbrado  ¡Feliz Navidad! y entonces sucedió. La Puqui, una perra ratonera que criamos entre todos, me desconoció. Cuando vio a un gordo de rojo en la oscuridad, empezó a gruñir y a marcar, con una pata trasera, la tierra del jardín, haciendo un surco. Ladró furiosa y fueron vanos los cariñosos piropos que le dediqué. Hola Puqui, bonita, soy yo, el Javi. La perra se puso peor. Shhhhh Puqui, no ladres más. Vení con el Javi, muñeca, mientras le hacía el tac tac tac, castañeteando los dedos, para llamarla. Cuando la perra escuchó el último piropo: ¡Puquiiiii, la más linda!, se me abalanzó y mordió todo lo que encontró. Primero la barriga de estopa, después tironeó las mangas, los pantalones, arañó las botas y me rompió el cinturón. ¡Nada la detenía! De fondo escuché a Romay y, a la vez, a los chicos que gritaba a coro:  ¡Que venga Papá Noel, que venga Papá Noel!… Me invadió la desesperación, tiré la bolsa con los regalos por arriba del tapial, y me fui a esconder a la terraza. Entonces me miré. Era una imagen desoladora. El traje estaba hecho jirones, el gorro al revés, la peluca corrida y lo peor, en la retirada apresurada, la perra se colgó del pantalón y destrozó las asentaderas.

Como pude busqué en un bolsillo la caja de fósforos para encender los fuegos artificiales que todos esperaban y, cuando me dispuse a prenderlos, nervioso desacomodé la torta. Arrimé el fósforo y los disparos salieron a ras del piso, casi apuntándome. Me tiré cuerpo a tierra detrás de la claraboya del baño y allí, sólo, mientras por arriba me pasaban las bombas, escuché a los chicos que, felices, se repartían los juguetes y a los grandes que aplaudían el estallido multicolor. Bañado y con otra ropa volví a la fiesta. Me había tomado media sidra helada que encontré en el tacho con hielo y, como nadie preguntó nada, esta es la primera vez que lo cuento. Para mí fue el último Papá Noel.

Escuchando al vasco me acordé de los viejos y de su perplejidad cuando vieron venir los cambios culturales que avanzaban como una tromba. Habían visto un trineo en la vidriera de la tienda del turco Estrella, rodeado de nieve hecha con algodón.

-Esto termina mal, Secundino. ¿Adónde quedaron nuestras costumbres ¡Mira tú si vas a comparar a Gaspar, Melchor y Baltazar con este gordo gilipollas!, se indignó el andaluz. El gallego lo miró y moviendo la cabeza repitió: Termina mal, Justo, termina mal  y le dio una pitada profunda a su inseparable toscanito Génova.

Al rato, como siempre, armaron la mesa de mus con don Nemesio y Pécora y, por un rato, se olvidaron del asunto y discutieron por los porotos.

Ellos no llegaron a ver Halloween, ni el Octoberfest, ni las Rave Dance, ni el festival Lollapalooza, ni el Baby Shower, ni el Hip Hop Dance. Y nunca recibieron una tarjeta que dijera Merry Christmas, ni los invitaron a un Six O’Clock Tea. Seguro que de estar aquí, no entenderían nada, of course.

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