Cultura

Un Quijote en LT8

El compositor y pianista, Jorge Cánepa, comparte un cuento de su último libro.

Redacción Rosario Nuestro

miércoles 30 de mayo, 2018

Era un hombre alto. Algo más de un metro noventa, canoso, de andar elegante. Abrió la puerta de la vieja casa de la calle Córdoba, entró y, con paso lento, avanzó seguro. Lucía traje, camisa y corbata al tono. Salazar, el telefonista, fue el primero que lo vio. Abrió grande los ojos y sin hablar, con un gesto de incredulidad, levantó su mano para saludarlo. Mientras Rafael “Espontáneo” Daneri ingresaba, todos los empleados, locutores y periodistas de la vieja LT8, sus compañeros, asistían azorados a un hecho nunca visto antes. El veterano locutor llevaba puestos enormes zapatos de clown y la nariz con pintura roja en la punta. Se escuchaban las descomunales suelas pegando en los mosaicos del patio de entrada, y desde allí se oyó la voz grave, potente, segura:

-Esta es la indumentaria para trabajar en este circo.

Una carcajada general y un aplauso cerrado sonaron, aprobando la ocurrencia. Rafael Daneri, conductor de exitosos  programas tangueros y locutor oficial de la radio, había tratado, sin éxito, que el interventor porteño, designado por el gobierno militar de turno comandado por Onganía, escuchara las necesidades técnicas urgentes que afectaban las transmisiones y que debían ser atendidas de inmediato.

El funcionario, recluido en el bar del antiguo Hotel Italia, con un vaso de whisky en su mano derecha, ni siquiera se interesó por el reclamo y lo despachó altanero: Vuelva a la emisora. Después lo voy a atender. Y el veterano hombre de radio volvió desencantado, furioso, y a modo de protesta, transformado en un quijotesco payaso.

El Flaco había nacido en Villa Crespo y, como a tantos, Rosario lo enamoró. Vino a hacer un reemplazo y nunca más se fue. Hincha de San Lorenzo de Almagro, de Osvaldo Pugliese y del Polaco Goyeneche, se rodeó de amigos y desparramó amor y humor toda su vida.

Caminando por calle Italia entre Córdoba Y Santa Fe, Daneri veía todos los días al muchacho  que cuidaba autos frente al entonces Sanatorio Palace. Se detuvo, lo llamó y sacándose el sobretodo que llevaba le dijo:

-Tomá, te lo regalo hermano. Vos estás en la calle todo el día, usálo”.

El invierno terminaba y eran tiempos de bonanza. El programa de trasnoche era un éxito, tenía un buen sueldo. ¿Cómo no ayudar al necesitado? No contaba con que la suerte suele ser traicionera. Cambió el gobierno, vino otro interventor que levantó su espacio, los anunciantes lo abandonaron y volvió el invierno.

El Flaco, con un saquito de verano, levantadas las solapas y las manos en los bolsillos, saludaba todos los días al gordito cuidador de autos que, abrigado con el sobretodo, le gritaba agradecido desde la otra vereda: ¡Chau Rafa!

-¡Qué travieso que sos!- contestaba Daneri mientras sacudía la mano derecha y miraba al cielo.

En esos años los locutores de turno leían tandas publicitarias interminables. Estaba específicamente prohibido reírse al aire. Las sanciones disciplinarias eran severas si no se cumplía con la orden de mantenerse serio. Nuestro héroe estaba leyendo una gruesa carpeta de avisos y de repente se abrió la puerta del estudio. Entró un señor con camiseta de Ñuls, haciendo zapateo americano. Lucía zapatos con chapistas de acero y saltaba repiqueteando en el piso de madera del estudio.

Era José Palena, bailarín solista, astro de la época, de frecuente actuación en los concursos de cantores que, contratado por alguien, se le apareció al locutor. Daneri cerró los ojos, se tapó las orejas con sus manos y siguió leyendo. Palena se fue, para volver al rato,

bailando igual, ahora con la camiseta de Central. El operador salió corriendo al patio y Daneri ya no pudo más, tiró la carpeta y lo corrió. Palena tomó la delantera, y se perdió por calle Córdoba, rumbo al oeste, mientras la transmisión pareció interrumpirse unos minutos.

El día que entró un hombre tocando la tuba y empezó a dar vueltas por la sala, atronando el lugar, el Flaco ya estaba casi habituado. Se fue, pero antes le arrojó la carpeta de avisos en la cabeza al intruso, que no se inmutó y siguió marchando con paso castrense.

Las bromas se repitieron y se le aparecieron cantantes líricos vocalizando, gente disfrazada, un actor soplando una armónica, y varios personajes más, siempre a la hora en que el locutor de turno leía la tanda de la emisora. La consigna era hacer reír al Rafa y el hombre era de risa fácil.

Daneri vivía para difundir tangos. Su programa, “Espontáneo”, era un éxito en las madrugadas rosarinas. Para reemplazar al silencio tiene que sonar algo mejor, decía y presentaba a Pugliese con la frase: ¡El último gigante!. Y a Gardel con un vocablo: Él. Amó a Manzi, a Discépolo, a Cátulo Castillo, a Troilo, a De Caro, a Rivero, a Salgan y vivió para difundirlos.

Serán inolvidables sus lecciones de felicidad. Cómo la que le dio al periodista  Eduardo Conforti cuando, después de escucharlo quejarse por una tarea que le asignaron en la radio, lo llevó a una obra en construcción y señalando a un albañil en el andamio del quinto piso le dijo: Eso es laburo, Eduardito, ¡lo nuestro es una bendición!.

Cuando se fue dejó sus tesoros amados: una colección de viejos discos, sus libros y su regalo más querido: una camiseta azulgrana de Sanfilippo que le había traído de Buenos Aires su amigo Héctor Hugo Cardozo.

Escribió el gran Osvaldo Ardizzone en uno de sus poemas: Murió comúnmente, ¿o hay algo más común que la muerte?. Decían de Discepolín: Era un cuerpo flaco con un alma grandota, que le sobraba por todos lados. A Rafael Daneri le sobraba tanto que le alcanzó para dejarnos un pedazo a cada uno.

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