OPINIÓN

¿Por qué somos infieles?

“De la muerte y de los cuernos no se salva nadie”, dice un viejo adagio…¿y por casa cómo andamos?

jueves 8 de febrero, 2018

Podemos pensar la infidelidad como una defraudación al convenio aceptado por una pareja para su relación. Por lo tanto los acuerdos varían en función de cada pareja.

La infidelidad es entonces una deshonestidad intraconyugal, a diferencia del concepto legal o religioso de adulterio, que se refiere a ciertos actos considerados ilícitos o pecaminosos en sí mismos, como el sexo extramatrimonial. Cabe señalar, que en nuestro país el nuevo Código Civil y Comercial eliminó las causales de divorcio y la calificación de divorcio culpable con el concomitante castigo económico a quien hubiese cometido adulterio.

La fidelidad sexual es ahora un deber moral y no legal en el matrimonio, y eventualmente el daño moral que pueda provocar una infidelidad cursa por una vía judicial diferente a la del divorcio.

Ahora bien, en rigor de verdad, no toda infidelidad es una deshonestidad de índole sexual, y no toda relación sexual por fuera de la pareja (se trate o no de un matrimonio), constituye una infidelidad.

En primer lugar, cuando digo que no toda infidelidad es sexual, me refiero a que existen muchas otras maneras de no ser fieles, traicionar o defraudar lo pactado o consensuado por la pareja. Existen infidelidades económicas, existen defraudaciones a infinidad de compromisos, proyectos y convenios pactados en el ámbito de una relación, que pueden resultar tanto o más dolorosas y corrosivas que la sexual. Si nos ponemos exquisitos en el análisis, hay a su vez formas amorosas no sexuales, o mejor dicho, no genitales, de ser infiel, en las cuales la devoción o la atención dispensada a otra persona, o el nivel de intimidad que se llega a construir en un vínculo diferente al de la pareja, pueden significar una deslealtad más grave aún que un encuentro con contacto físico.

En la actualidad, con el uso de las tecnologías, se han incorporado al espectro nuevas y controvertidas formas de lo que potencialmente puede considerarse infidelidad o “micro engaños” – “micro cheating”(tengamos presentes esta creciente costumbre de clasificar y crear palabras para todo!).

El caso es que los dispositivos móviles, las redes sociales, y todas las mensajerías instantáneas asociadas, han creado en el ciberespacio un universo paralelo de vínculos de todo orden (incluso sexo afectivo), en el cual se puede “estar conectado” íntimamente con una o más personas por fuera de la relación de pareja, sin necesidad de tener una “doble vida” en el sentido fáctico.

La pregunta del millón es…ese diálogo virtual con otras personas, suponiendo que no pase al contacto físico, constituye o no una infidelidad? Cada vez que me hacen esta pregunta, respondo de la misma manera:

• Si la persona que participa de esas conversaciones virtuales, puede comentar esa actividad con su pareja sin que esto signifique un conflicto, pues no se trata de una infidelidad.

• Si la persona que participa de esas conversaciones virtuales, debe esconderlas, borrarlas sin dejar rastro, e intuye que si es descubierta por su pareja eso puede ser una amenaza para la estabilidad del vínculo, pues sí se trata de una infidelidad. Porque aquello que se esconde, delata la deslealtad hacia lo convenido en la pareja.

Y acá llegamos a la otra dimensión del planteo. No toda actividad sexual fuera de la pareja constituye una infidelidad. Un proyecto de pareja estable no implica necesariamente un pacto de exclusividad sexual. La monogamia es social, no sexual. La monogamia, es una forma de relación construida y sostenida culturalmente, pero en verdad, el deseo sexual humano es naturalmente promiscuo, -aunque tenga poco de natural en verdad-, esto significa que tiende a la alternancia, tenemos espontáneamente tendencia a sentirnos atraídos por diversas personas. Que en el estado de enamoramiento (al inicio de una relación) tengamos la sensación de que no nos interesa ni nos interesará nadie más, es propio de la idealización de ese proceso, y según las neurociencias, de los altos niveles de dopamina cerebral que genera enarmorarnos. Pero fuera de esa fase, hacemos un esfuerzo por sostener el deseo enfocado exclusivamente en una persona.

Muchas parejas acuerdan una relación abierta, es decir, en su convenio de pareja, la exclusividad sexual no es una condición, por lo cual todo vínculo sexual con otra/s persona/s no constituye en ese caso una infidelidad porque están siendo leales a lo pactado, aun cuando no se explicite toda y cada una de las prácticas, se presume que son aceptadas por la pareja, si así lo convinieron.

¿Por qué somos infieles?

Las causas que llevan a una persona a defraudar el convenio de la pareja (cuando se pacta exclusividad sexual) son múltiples. La atracción por lo prohibido, elevar la autoestima, testear una disfunción sexual, el deseo de experimentar prácticas o fantasías que se sabe o se cree que no pueden llevarse a cabo con la pareja, la insatisfacción, el enojo, la venganza, la inseguridad personal, y por qué no decirlo, en una pequeña minoría de casos, la adicción al sexo, son algunas de las causas posibles que llevan a una persona a ser infiel, aun teniendo que tolerar altos niveles de sentimientos de culpa, a los cuales luego se va desensibilizando.

Si bien no puede generalizarse, en los varones suele predominar la búsqueda de nuevas emociones y variedad sexual, con desapego afectivo, mientras que para las mujeres suele predominar la compensación emocional, la búsqueda de atención y deseo.

Según su duración y función, existen distintos tipos de infidelidades según Frank Pittman:
Circunstanciales, de conquista, de enojo, de revancha, pre divorcio, de mantenimiento, hedonistas, catárticas, perversas y bisexuales.

En la próxima nota, ahondaremos en cada una de ellas, y en la siguiente pregunta: infieles…somos o estamos?

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