OPINIÓN

Minas fieles o muñecas malditas

miércoles 30 de mayo, 2018

Empezamos a transitar un terreno peligroso. El de la bipolaridad fatal en que se nos aparecen los personajes femeninos en el tango. Coexisten las féminas pérfidas que han torturado la vida del pobre tipo que estuvo un mes sin fumar y se empeñó todo para poderle comprar en cuotas un tapado de armiño que le duró menos que las cuotas del abrigo, con la otra que cuando nos besa borra la tristeza y calma la amargura. En tren de riguroso sinceramiento afirmamos que son muchos mas los personajes  de mujer que le arruinan la vida al hombre que las que le suavizan la existencia.

Curiosamente el primer tango exportado fue  “La morocha”, que se dedicaba a conservar el cariño para su dueño al que bien de madrugada brindaba un cimarrón. La Fragata Sarmiento llevó 1000 ejemplares de la partitura de este tango de Enrique Saborido y Ángel Villoldo escrito en apenas una noche para que a la siguiente lo estrenara la cupletista uruguaya Lola Candales, en la navidad de 1905. El éxito inmediato fue rotundo y su intérprete se ganó la suma de doscientos pesos. En realidad, generalmente el personaje femenino en el tango es la contrafigura de esta gentil compañera del noble gaucho porteño  La Fragata difundió este tango  acupletado y dejó partituras en todos los puertos que fue tocando. El tango no se caracteriza por presentar a mujeres que conservan el cariño para sus dueños, ya que es más probable que tenga varios dueños, a veces al mismo tiempo. Y frente a la que le sirve un cimarrón al noble gaucho porteño están las que comparten el mate con varios.

El primer personaje femenino maldito lo encontramos en “Milonguita” de Linning y Delfino, que era la pebetamas linda e’Chiclana y al que los hombres le han hecho mal. El tango es estrenado en mayo de 1920 por la actriz y cancionista María Esther Podestá (mucho mas actriz que cancionista) y al poco tiempo lo conoce todo Buenos Aires gracias a la interpretación de la famosa cupletista Raquel Meller.

El ejemplo de la mina fiel de gran corazón que representa “La morocha” y que añora Manuel Romero en “Tiempos viejos” no cuenta con demasiadas seguidoras  En nuestro cancionero ciudadano es la figura materna la que copa la banca de la bondad entre las mujeres. Y allí están “Madre hay una sola”, “Con los amigos”, “Madre de los cabellos de plata”, “Para tí madre”, “Madre universal”, e infinidad de ejemplos de bondad materna hasta el extremo trágico que plantea Héctor Marcó en “Que nunca me falte” de que nadie detendrá su fiero puñal ante quien provoque la ausencia maternal.

Corriéndonos al escalón por donde transitan las herederas de “Milonguita” nos encontramos incluso con las que cuentan en primera persona sus desatinos. En “De mi barrio” de Roberto Emilio Goyeneche (tío del Polaco Goyeneche), la piba se había criado en una convento de monjas y ahora confiesa que en la alegría del cabaret vende caricias y vende amores para olvidar a aquel que se le fue. Parecido es el destino de la que en “Loca” de Antonio Viérgols dice que con esa apelativo la llaman sus amigos que solo son testigos de su liviano amor. En ambos casos ni una pizca de remordimiento.

La lista sería extensa si continuáramos describiendo a las que, como señaló Evaristo Carriego, fueron las que dieron el mal paso. En algunos tangos la calidad poética del autor describe escenas bien logradas. En “Pompas de jabón” de Enrique Cadícamo, éste le vaticina a la que ronda los peringundines que saldrá por esas calles a mendigar y que “cuando implacable los años te inyecten sus amarguras ya verás que tus locuras fueron pompas de jabón”. En “Che papusa oí”, Cadícamo le augura a la casquivana escuetamente: “Mañana te quiero ver”. Y en “Muñeca brava” a la flor de pecado que le manda fuerte al champan porque la vida se le escapa le pronostica que “cuando llegues al final de tu carrera tus primaveras verás languidecer”.

Celedonio Flores detalla los malos pasos femeninos con una destreza poética raramente alcanzada en el género. Por citar pocos ejemplos en “Audacia” se ensaña con la que no tiene oído ni para el arroz con leche y ahora escasa de vergüenza y de ropa se pasea por la pasarela bailando un charleston y cantando “La morocha” como número de atracción. En “Mano a mano” con rudeza describe a la que ahora es toda una bacana y la vida le rie y canta tirando los morlacos del otario a la marchanta y jugando como el gato maula con el mísero ratón. A ésta le avisa que en un futuro previsible, cuando sea un descolado mueble viejo, él es capaz de jugarse el pellejo para ayudarla en lo que pueda cuando llegue la ocasión.

Afortunadamente lo mas valioso de la letra tanguera escapa a esta desagradable dicotomía desembozadamente machista que separa a la minas fieles de gran corazón evocadas por Manuel Romero con las muñecas malditas castigo de Dios pergueñadas por Discépolo. Lo imperecedero del tango deberá buscarse en joyas pletóricas de romanticismo como por ejemplo “Ninguna” de Homero Manzi”, “Cada vez que me recuerdes” de José María Contursi,“Rosicler” de Francisco García Giménez, “Griseta” de José González Castillo, o “Naranjo en flor” de Homero Expósito .

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