POR SILVANA SAVOINI

Los niños nos miran


Una pandemia es un contexto sumamente crítico, delicado y traumatogénico (potencialmente generador de trauma) en especial para las infancias. Los adultos tenemos la obligaciónde ser absolutamente cuidadosos en nuestros discursos, particularmente los adultos con investiduras públicamente significativas,y mucho más para abordar temas tan sensibles como la posibilidad de salir de las cuatro paredes en las que niñas, niños y adolescentes están confinados a vivir desde mediados de marzo.

Me estoy refiriendo al “pequeño” descuido por el cual a nuestro Presidente “se le pasó” incluir en su discurso del sábado, la salvedad de que la habilitación de las nuevas disposiciones en relación a las salidas recreativas, estaría sujeta a los criterios de cada provincia, región o localidad. Si biengran parte de las medidas vienen estando sujetas a esa relatividad, también es cierto que en estos tiempos de crisis los decretos nacionales no son la excepción, pero fundamentalmente lo que también es cierto, es que los pequeñines tienen un pensamiento más concreto e inmediato y están atentos junto con la familia a los anuncios que el Presidente transmite a través de las pantallas. Así como es cierto el énfasis discursivo que puso sobre el hecho de que la medida era para todas las personas, incluso hasta las poblaciones de riesgo.

Esto dio lugar a expresiones de inmensa alegría, particularmente entre los “locos bajitos”. Muchas están registradas y se compartieron en las redes sociales como todos pudimos apreciar. Mi propia hija (adolescente) lloraba de emoción al darse cuenta que uno de sus amigos vive a menos de 500 metros de nuestra casa, con lo cual podría cruzarlo, con el distanciamiento requerido, en su hora de esparcimiento permitida.

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Grande fue la desilusión cuando al día siguiente, con sus justas razones, algunas provincias emitieron resoluciones contradictorias al discurso presidencial en ese sentido, no por desacato a la autoridad, sino por el contrario, haciendo uso responsable de la autoridad que nación les confirió para su implementación. Si de por sí cuesta sostener el estado de ánimo, es mucho más desestabilizante aun el impacto del contraste entre la euforia que provocó el anuncio y la frustración de las restricciones, con una amplitud emocional innecesaria que podría haberse evitado.

Viene entonces a mi mente un film italiano de mediados de siglo pasado, “Los niños nos miran” (“I bambini ci guardano”), y me permito parafrasearlo para hacer referencia a que debemos más que nunca ser empáticos con los más chicos, ponernos en su lugar y desde allí mirar el entorno, desde su perspectiva pensar las palabras y las acciones, porque nos miran, nos escuchan.

Consideremos también, que los niños tienen hoy su atención en la figura presidencial debido a que ha pasado a detentar un poder sobre la cotidianeidad que antes estaba en manos del adulto a cargo de la crianza. La toma de decisiones respecto a salir a pasear, a ir o no a la escuela, a visitar a los abuelos, a invitar a jugar a un amiguito, a ir de compras o a realizar una actividad física o recreativa fuera de casa, era potestad de quienes estamos a cargo de maternar o paternar, pero ahora esas decisiones quedan minuciosamente reguladas por el gobierno. Es una situación extraordinaria, lo comprendemos, pero no lo podemos ignorar.

Entonces, como profesional de la salud mental, le digo a los funcionarios lo mismo que le digo a los integrantes de una pareja parental cuando es el caso: antes de hablar frente a los niños, unifiquen los criterios entre ustedes. Debatan todo lo necesario puertas adentro de su habitación o en un bar, pero “bajen” una sola línea ante los más pequeños. No les ofrezcan un doble discurso, no asuma ninguno de ustedes un rol demagógico de ser el papá o la mamá bueno/a y permisivo/a que deje al otro/a en el lugar de ser “el malo de la película”, no se desentiendan de la responsabilidad que les cabe en la distribución del poder. Los límites son imprescindibles en la crianza, en el cuidado, pero desde la percepción infantil cuando el “NO”no se sostiene como equipo, el que sostiene los necesarios límites asume injustamente el rol de villano ante la mirada demandante del niño, empañada por la frustración.

No hay héroes y villanos, piadosos y despiadados, simpáticos y antipáticos, hay formas más o menos eficaces de comunicación entre los responsables dentro de un equipo de gestión de autoridad y desde el equipo hacia quienes dependen de ellos. Madres, padres, presidentes, gobernadores, intendentes, cualquier adulto que comparte autoridad y responsabilidad con otro adulto, debe respetar esa distribución del poder y ser coherente en lo que transmite, teniendo como prioridad velar por el bienestar no sólo físico sino también emocional de quienes tienen a cargo.

 

Por Silvana Savoini