OPINIÓN

Lo terminaron de romper

miércoles 10 de enero, 2018

Carlos Tevez, Néstor Ortigoza, Lucas Pratto y Hernán Bernardello.

El presente mercado de pases expuso con crueldad la dura realidad del fútbol argentino. Boca y River gastan millones de dólares, mientras que el resto junta monedas para pagar préstamos o trata de convencer a jugadores libres de poca monta. La “grieta” se profundizó con la Superliga y alcanzó su punto máximo.

Al margen de la corrupción dirigencial, los delincuentes que dicen ser hinchas, la prensa mercenaria o los desplantes varios de jugadores y técnicos, el fútbol argentino pudo conservar su atractivo. Mientras las principales ligas del mundo invertían y se modernizaban, acá se hizo todo al revés. Y a pesar de eso, el torneo nacional (en cualquiera de sus formatos) siguió generando emociones.

Seguramente tendrá que ver con la pasión que se vive tanto dentro como fuera de la cancha, o con la “dificultad extrema”, según confesaron los propios deportistas, que representa para la gran mayoría jugar en Argentina. Sin embargo, hay (o había) algo más. En contra de las corrientes internacionales, el fútbol de nuestro país es impredecible.

Para muchos puede ser mediocre, aburrido, chato, sin vuelo futbolístico, con errores tácticos y técnicos, pero la gran mayoría también coincide en lo mismo: acá cualquiera le puede ganar a cualquiera. Y si bien hay tendencias que se respetaron, alcanza con analizar los últimos campeones o repasar resultados contemporáneos para entender que rige una paridad única en el fútbol mundial.

Por supuesto que hay diferencias. Ésto no significa que todos se encuentran en el mismo escalafón. La singularidad está en la gran cantidad de equipos (superior a cualquier liga de Europa) que pueden tener aspiraciones o expectativas. Y las mismas no fueron solo intenciones, sino que se materializaron.

Esa sensación de que “puede pasar cualquier cosa entre dos equipos”, es muy difícil de replicar en otro lado. En España son Barcelona, Real Madrid y desde atrás el Atlético Madrid, Italia fue en los últimos años de la Juventus, arrimando Napoli y los irregulares Inter y Milan, en Francia ahora dominan los petrodolares del PSG, mientras que en Alemania el monopolio es del Bayern Munich. Por supuesto que siempre se pueden “colar” otros equipos, pero difícilmente se rompan los pronósticos.

La Premier League parecer ser la excepción y a la vez, salvando enormes diferencias, el torneo más parecido al nuestro. La similitud radica en la cantidad de animadores durante los últimos años, aunque sólo lograron títulos 6 equipos desde 1993.  Mientras que en el resto del mundo los éxitos son de pocos, en Argentina los campeonatos y los triunfos deportivos tuvieron innumerables dueños y protagonistas.

Sin embargo, el presente parece ser otro en el fútbol nacional. Ahora todo se rige a través de la Superliga y, si bien la historia recién arranca, ya hay pruebas para pensar que todo va a cambiar. Nuevos contratos de televisación, repartos que siguen desiguales, intención latente de abrir el juego para las sociedades anónimas, mayor poder político para los grandes y un CEO (en sintonía con el gobierno nacional) al mando del certamen.

¿Qué hicieron los dirigentes para llegar a esta situación? ¿Cómo acompañaron un modelo que claramente los perjudica y los deja en desventaja? Si la gran mayoría está disconforme con el reparto, ¿por qué se dejaron someter? Son preguntas que parecen no tener respuestas claras.

Mientras tanto, el primer parate de la Superliga ya rompió el molde habitual de los números locales.  Con nombres rutilantes y millones de dólares gastados, Boca y River sacaron una enorme diferencia sobre el resto. Ni siquiera los equipos de segunda línea pudieron hacer una mínima sombra a los grandes en el presente mercado. Tevez, Buffarini, Más, Abila, Pratto, Armani, tal vez Romero, Zelarrayán, Gaitán, Centurión, son algunos nombres propios que vienen acompañados de cifras rutilantes.

En Rosario, la situación es igual que en la gran mayoría de los clubes. Mientras Newell´s no tiene recursos ni margen de acción producto de la pésima gestión que decantó en un estricto control judicial, en Central las cosas cambiaron. Luego de invertir un monto importante en el último mercado, el Canalla afronta el presente receso conviviendo con la austeridad y el ingenio.

Además de la distancia abismal en los números, los grandes consiguieron previamente eliminar el cupo de refuerzos permitidos en este mercado. La Superliga todo lo pudo y ahora no hay límite alguno. Se creó el terreno propicio para que los poderosos se desenvuelvan sin restricciones y el camino quedó totalmente llano.

Recién transcurre el primer año de competencia bajo este nuevo formato, con doble comando (Tapia y Elizondo) y la repetición de los vicios del pasado. Las diferencias se acrecentaron y difícilmente se reviertan. Sin embargo, todavía se mantienen esperanzas (pocas por cierto) de que el fútbol argentino no se transforme en un torneo de dos.

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