Las ventajas de vivir enamorado

El compositor y pianista, Jorge Cánepa, comparte un cuento de su último libro.

Por Candelaria De la Cruz

martes 13 de febrero, 2018

El domingo amaneció soleado. Una brisa primaveral le acariciaba la cara y una dulce sensación de estar cumpliendo un sueño, lo hacía sonreír. Sentía que no se había equivocado al volver al ciclismo y mucho menos cuando pensaba en los motivos. Hacía un par de años que había abandonado la actividad deportiva pero Ercilio Nicolás Gianserra era un hombre joven y mantenía un buen estado físico y la pasión intacta.

Cuando le pidió a su tío Dominicis que le prepara la bicicleta, no pensó que recibiría una joya tan perfecta. Era una máquina para profesionales y, con ella, estaba seguro de que cumpliría su propósito: deslumbrar a Rosita, su novia, y lograr que se sintiera orgullosa de él. La Rosario-Casilda era una competencia exigente, pero se tenía fe. Y por ella, por la bella Rosita Company, estaba dispuesto a esto, y a mucho más. El amor es la verdad y el suyo, era arrollador.

La largada era a las 9 en punto. Miró a su alrededor y estaban todos. Los grandes cracks del país lo rodeaban, listos para salir. Sintió una aceleración en el pulso y un sudor frío le corrió por la frente. La ansiedad le jugaba una mala pasada, pero partió dignamente. Integrando el segundo grupo del pelotón, encaró pedaleando a buen ritmo la Avenida Godoy. Sólo escuchaba su respiración y el ruido machacante del pedaleo de todos los competidores. Faltando un par de kilómetros para entrar a la ruta 33, al oeste de Rosario, empezó a sentir que le costaba respirar y que las piernas le respondían menos. La inactividad le pasaba factura y, cuando llegaron al control policial de Pérez, ya no pudo superar el ahogo. Sin fuerzas ni resto físico, cayó a la banquina y quedó acostado, con la bicicleta a su lado, sin daños. Había pedaleado 60 cuadras.

Los miró pasar a todos y, mientras recuperaba la respiración, no dejaba de pensar en su amada. ¿Entendería su esfuerzo? ¿Toleraría el fracaso? ¿La perdería?.

Se quedó allí, solo y pensando. Pasó un tiempo largo y finalmente, encontró la solución.

Cuando los vio volver, recuperado, se sumó a los punteros durante los minutos finales de la prueba y, levantando un brazo cerca de la llegada, saludó a la gente que se había agrupado para recibirlos, como si la hubiera cumplido. Buscó con la mirada entre la multitud y la vio. Rosita, su novia, le tiró un beso.

Ercilio Nicolas Gianserra fue un hombre singular. Nada perturbaba sus ganas de vivir y en su camino protagonizó hechos destacados y trascendentes, que lo marcaron para siempre. Cuando todavía era un muchacho, inventó una tintura para el cabello, de uso masculino, que en su época compitió con el célebre producto “La Carmela”. En un principio la envasaba en su casa y la vendía en los pueblos vecinos, donde todos lo conocían. Portaba dos grandes valijas con los frasquitos y viajaba en colectivo, de riguroso traje y corbata. Le puso un nombre original: “Omanol”.

Él mismo creo el slogan publicitario que la convirtió en un éxito comercial: Las canas envejecen, Omanol rejuvenece, que repetían los locutores de todo el país. Muchos años después me confió el principal elemento que contenía el producto:

-Agua de la canilla, Jorgito, pero teñía bien.

En 1948, en medio de una espesa niebla, el hidroavión Uruguay, un cuatrimotor de Aerolíneas del Litoral Fluvial Argentino (ALFA), cayó en aguas del hidropuerto de Buenos Aires, entre Puerto Nuevo y Palermo. Fue una tragedia que impactó al mundo entero. Nunca se supo como el pasajero Ercilio Nicolás Gianserra logró aferrarse a un ala y, después de quedar un tiempo flotando, fue rescatado. En el informativo radial de la noche se escuchó: Gianserra, conocido remero de Regatas Rosario, ganó la costa a nado y se salvó. Nadie dijo que no sabía nadar y que la mano de Dios acudió en su socorro.

Estuvo internado en un hospital de la Capital Federal y al segundo día se escapó con ropa prestada, y en tren, volvió a Rosario. El pasajero que viajaba a su lado leía el diario y, con los ojos desorbitados, descubrió que la foto que ilustraba la noticia, era la del hombre que tenía a su lado.

Nunca detuvo su actividad. Fue un anciano movedizo al que nadie podía detener y cuando su hijo Ercilio Pedro se convirtió en un animador  y empresario exitoso que movilizaba multitudes, estuvo siempre a su lado, cumpliendo todo tipo de tareas. Los artistas pedían por su compañía y en radios y canales, era amigo de todo el mundo. Con una sonrisa permanente abría todas las puertas y su llegada era una buena noticia.

-¡Señor, esos dos que bajaron le robaron! -le gritó el chofer del colectivo. Tocó el bolsillo interior del saco y, efectivamente, le habían sacado el sobre con las facturas de los impuestos y el dinero que le había dado su hijo para que pague todo en el banco. De un salto bajó en la mitad de cuadra y los corrió. Cuando los tuvo cerca les habló, mirándolos a los ojos y con voz firme:

-Muchachos, yo entiendo todo lo de este laburo, la plata es de ustedes, pero devuélvanme las boletas porque mi hijo me mata”. El más alto lo miró al otro y murmuró:

-Devolvele todo, la guita también…

Había pasado mucho tiempo y, esperando el verde del semáforo de Corrientes y Santa Fe, manejaba su auto. Lo acompañaba su amada Rosita que vio como dos señores, desde otro coche, los saludaban alegres. ¿Quienes son viejo, preguntó curiosa.

-Dos amigos punguistas, buena gente -le contestó, y dobló por Santa Fe.

Adelante doctor, le decía todos los domingos el portero del hipódromo Independencia, mientras le abría el portón para que entre al sector de socios del  Jockey Club. El turf era su pasión y él, que no era socio ni doctor, ingresaba con su chapa de hombre imprescindible, de sonrisa seductora y mirada transparente. Tan trasparente como su vida, llena de anécdotas casi increíbles y una decisión inalterable de ser feliz, como en un cuento.

Ercilio Nicolás Gianserra y Rosita Company vivieron una larga vida.

-Yo la veo hermosa, Gordo, como cuando la conocí -me decía nombrándola-: son las ventajas de vivir enamorado- y reía a carcajadas. Tenían más de ochenta años y era gente de otro tiempo. Seguro que andan tomados de la mano, como siempre.

Cuento del libro “Un hombre valiente y otros sueños de barrio”, de Jorge Cánepa.

Comentarios