OPINIÓN

Homero Manzi y una generación milagrosa

martes 8 de mayo, 2018

El tango “Viejo ciego” fue compuesto musicalmente por Sebastian Piana y Cátulo Castillo y lleva versos de Homero Manzi. Vió la luz en 1926, el mismo año en que Discépolo estrena su primerizo “Que vachache” y Enrique Cadícamo debuta en el tango con “Pompas de jabón”. Manzi no había cumplido 20 años y todos los otros nombrados no habían llegado a los 30.

En 1928 estrena Charlo “Viejo ciego” y al poco tiempo también lo graban Roberto Maida y Tania. Los éxitos de Piana y Manzi se suceden. Dan a conocer “De barro”, “El pescante”, “Esquinas porteñas”, “Paisaje”, “Voz de tango” y la ristra de milongas exitosas como “Betinotti”, “Papá Baltazar”, “Pena Mulata”, “Milonga triste” y las dos que eligió Gardel para grabar “Milonga del 900” y “Milonga sentimental”, que fueron las dos únicas canciones que grabó el zorzal de Homero Manzi.

Pero poco a poco se fue agigantando la fama de Homero Manzi y el poeta encontró una serie de músicos ávidos por ponerle melodía a sus versos tan logrados, disolviéndose el sólido vinculo artístico autoral que emparentaba a Piana con Homero. El pianista Lucio Demare le musicaliza a Manzilos versos de “Malena”, “Mañana zarpa un barco”, “Negra María” y “Tal vez será su voz”. Osvaldo Pugliese hace lo propio con “Recién” y Alfredo Malerba con “Mi taza de café” y “Ropa blanca”. La musa inspirada del rosarino Félix Lipesker le brinda marco musical a recordados valses de Homero Manzi como “Romántica”, “Más allá” y el más que exitoso “Gota de lluvia”. Con Charlo deja Homero Manzi dos joyas: “Fueye” y el vals “Tu pálida voz”. Con Mariano Mores ve la luz el tango malambo “Una lágrima tuya”. Tambien dá a conocer el poeta santiagueño con música de Osvaldo Fresedo “Ronda de ases” y “Bandoneón amigo”.

Y es entonces que el corazón pletórico de versos de Homero Manzi amarra en el puerto musical de Aníbal Troilo. No componen mucho, pero lo que hacen es muy bien diez con felicitaciones: “Barrio de tango”, “Romance de barrio”, “Sur”, “Che bandoneón” y ya en el lecho final su pieza cumbre “Discepolin”. Pero la Parca se presentó antes de tiempo y con apenas 43 años se llevó a Homero y todo un mundo que tenía por delante .

La orfandad de versos en que lo había sumido Homero a Piana determina que el pianista deba abrevar su música en un poeta que se viene abriendo paso con la prepotencia que daba la calidad superlativa de su versificación y que se llamaba Cátulo Castillo.

Fruta de esa nueva amalgama que componen Piana y Catulín Castillo aparecen “Tinta roja” “Arrabalera” y “Caserón de tejas” , donde ya avisora el pianista el final de su carrera y donde se va consolidando la poesía de Cátulo Castillo , quien curiosamente había llegado al canto ciudadano musicalizando versos de su padre , el rosarino José González Castillo.

Juntos, los Castillo escribieron “Organito de la tarde”, “El aguacero”, “Papel picado” y “Silbando”. Luego Cátulo compondría “Una vez” con Osvaldo Pugliese y con el maestro Mariano Mores “Patio de la morocha” y “La calesita”. Con Armando Pontier nos dejó Catulín, una excelente creación, el tango “Anoche” y con versos de Héctor “Chupita” Stamponi crearon “El último café”, “Amor remolino”, “Canción de Ave María”, “Aquí nomas” y “Ventanal”.

Pero no hay lugar a dudas que la última pareja autoral que enriqueció al tango la conformaron desde comienzos de los años cuarenta Cátulo Castillo y el genial e imparable bandoneonista Aníbal Troilo. El pueblo consagró de ambos gemas como “María”, “A Homero”, “Una canción”, “La última curda”, “Desencuentro”, “Y a mi que”, “Patio mio”, “La cantina” y “El último farol”.

Buena parte de toda la obra tanguera hasta aquí mencionada tiene mas de ochenta años de vida . Ya escribiremos en estos artículos sobre la lujosa participación de duplas inigualables como Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo, Francisco García Giménez con Anselmo Aieta y Carlos Gardel Gardel con Alfredo Le Pera. Luego, casi el desierto , la nada misma . “Después de mi , el diluvio” sentenció Luis XV en circunstancias parecidas . ¿Se imaginaron en 1961 Cátulo Castillo y Aníbal Troilo al escribir esa genialidad llamada “Desencuentro” que ese sería quizás el tiro del final para el tango?

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