CUENTO DE JORGE CÁNEPA

¿Habrá sido el Cholo?

Es compositor y pianista. Todas las semanas, Rosario Nuestro publicará cuentos de su libro "Un hombre valiente y otros sueños de barrio".

Redacción Rosario Nuestro

jueves 10 de agosto, 2017

Cuentos de "Un hombre valiente y otros sueños de barrio".

Foto: Getty Images.

El Cholo era un buen tipo. Era uno de uno de esos gordos simpáticos que en los barrios conocen todos. Cuando tuvo a cargo el bar del Club Amistad y Unión consiguió que muchos amigos cambiaran el lugar de reunión. Eran socios de Libertad, del Ideal y de Matienzo pero, para estar con El Cholo, iban al club de la calle Marcos Paz. Era un gordo bueno pero, cuando se enojaba, era mejor no estar cerca.

Y el día que con el Pato le vendimos el tocadiscos, se le salió la chaveta. No lo usaba mucho. Si hasta pensamos que se había olvidado que lo tenía. Pero se avivó y se puso como loco.

-Se los digo a ustedes, a toda mi familia y a toda la barra de atorrantes que vienen a mi casa: sigan no más, sigan… ¡me van a matar a disgustos! -vociferó.

El Pato era el hijo y sabía que había que tomar distancia. Si el gordo nos agarraba y nos tiraba los 140 kilos encima no nos salvaba nadie. Lo seguimos escuchando desde lejos cuando dijo:

-No me van a poder levantar cuando me muera, no me van a poder llevar. Se van a lastimar con la rebarba de la manija- Y cerró con una puteada que se escucho a cinco cuadras.

Pasó el tiempo. El Cholo nos vio crecer, vivió feliz y un día, como cualquier otro, murió. Lo velaron en un local de Corrientes entre Cochabamba y Pasco. Fuimos todos. Como no ir a despedir a un hombre bueno, laburante y que nos había aguantado cualquier cosa. Y allí empezó la historia. Estábamos en el café de la esquina conversando y entró un hombre de traje azul y corbata blanca, serio, como asustado. Fue directo al Pato:

-Señor Llana, ¿puede venir? Hay un problema.

-¿Qué pasa? -le contestó mi amigo sorprendido.

“¿Qué problema puede haber en un velorio?”, pensé. Pero había uno, muy raro.

-Hay un tío suyo tirado abajo del cajón que quiere le sacar la tapa. Si la saca no se puede poner más. Son de alta precisión- explicó el trajeado

Salimos corriendo y, efectivamente, con un destornillador en la mano estaba el hombre, acostado en el piso.

-Carmelo, ¿¡qué hacés!? -dijo el Pato.

-Le voy a sacar la tapa. ¿No ves que los que pasan por atrás para despedirlo no lo ven?

-Salí, Carmelo -dijo el señor- que si la sacas no la ponemos nunca más.

-¿¡Este qué sabe!? ¿No soy carpintero yo?

Fue larga la discusión. Al final entre todos lo pudimos convencer. Protestando, el tío desistió. Pero fue bravo.

En la entrada para vehículos de La Piedad, sobre Provincias Unidas, estábamos todos agrupados, esperando. A las tres de la tarde el calor rosarino se hacía sentir como nunca. Y llegó el cortejo. Se abrió el portón y, siguiendo a los dos autos, empezamos a caminar. Había que ir hasta el final de la calle, doblar a la derecha y seguir, otra vez, hasta el final. Muchas cuadras.

La primera vez que se paró el auto de adelante, el que llevaba las coronas, fue a los cuarenta metros. El otro se arrimó y lo empujó media cuadra. Arrancó, pero antes, el motor hizo una serie de explosiones que convirtieron al lugar en un campo de batalla. Todos corrimos para alcanzarlos y, reagrupados, la marcha empezó de nuevo.

Doña Rosario, esposa del Cholo, la mamá del Pato y Adelita, se tapaba la boca con la mano. No era momento para risas, pero ¿cómo aguantar, recordando los dichos del Gordo? Las miradas se cruzaban, cómplices, y así seguimos.

El motor se paró cuatro veces. Y siempre fue igual: empujón, corridas y reinicio. Y las explosiones eran cada vez más fuertes. Al fin llegamos al destino donde descansaría el gran Cholo, para siempre. Fue una sorpresa inquietante ver que, como se pudiera, había que subir el cajón hasta la hilera de nichos más alta. Era el lugar que estaba asignado. Fue una epopeya. Varios hombres, profesionales, con gran esfuerzo lo lograron. Eran 140 kilos más el cajón, pero pudieron.

Cuando todo parecía haber llegado a su fin, faltaba una sorpresa. Todos tuvimos que correr porque, cuando sacaron la tapa de hormigón, aparecieron miles de avispas. Por el desbande quedamos lejos y vimos como los sacrificados operarios terminaron su trabajo como pudieron.

Separados del resto, salimos por la puerta principal. Íbamos juntos, callados. Todos hombres. Mi viejo, Alfredito, el Pato y yo. Alguien dijo: “¿Habrá sido él?”.

Y salimos de La Piedad, por primera vez, todos sonriendo.

 Del libro “Un Hombre Valiente y Otros Sueños de Barrio”, de Jorge Cánepa.

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