¿Es el fin?

El futuro de los trapitos en Rosario a dos meses del aislamiento social preventivo y obligatorio

En los últimos 20 años surgieron decenas de propuestas para tratar de encontrar una solución a un flagelo que tiene un vínculo estrecho con la desigualdad social, pero ninguna prosperó. El desafío de resolver uno de los flagelos que más rispideces genera en la sociedad.

Foto iliustrativa

Por Ignacio Pellizzón

Los trapitos son una clara expresión política del “digo, pero no hago”. En los últimos 20 años surgieron decenas de propuestas para tratar de encontrar una solución a un flagelo que tiene un vínculo estrecho con la desigualdad social, pero ninguna prosperó. Solamente un puñado de personas lograron hacer de los cuidacoches un negocio millonario que únicamente la pandemia del coronavirus pudo frenar.

En 60 días de cuarentena la postal de Rosario es irreconocible. No solo porque hace más de diez días que los colectivos están estacionados en los galpones o porque el confinamiento social todavía permite oír el canto de los pájaros, sino también porque las calles están repletas de autos estacionados y no hay personas ofreciendo cuidarlos. ¿Volverán?

Al mismo tiempo que la política se organiza para sesionar a través de la aplicación Zoom, la UCA sacó un informe en el que señala que la pobreza en el país trepó al 45%. Del mismo modo, Unicef anticipó que a fin de año unos 756.360 niños, niñas y adolescentes (NNyA) más habrán caído en situación de pobreza en relación al último semestre del año, basado en las estimaciones de la caída del PBI y de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec.

El temor al contagio provocó que los trapitos se resguardaran, pero el aumento del a vulnerabilidad social “seguirá generando que la gente salga a ganarse la vida como pueda” afirma a Rosario Nuestro Richard Camarasa de Movimiento Solidario Rosario (MSR) y advierte que “gente en situación de calle existe y seguirá existiendo”, sobre todo porque “el hambre en los sectores más endebles aumentó exponencialmente”.

El aumento de la demanda en comedores y merenderos de Rosario es una fotografía que se agrava año tras año. Se estima que en la ciudad funcionan más de mil espacios destinados a alimentar a personas en estado de extrema marginalidad. La llegada de la pandemia agravó la situación de muchas cocinas que vieron hasta triplicada la cantidad de comida que entregan, como es el espacio situado en el barrio El Mangrullo al 4900 en la zona sur.

Un hecho “inédito e histórico”, como lo definió a este medio María Travaglino del Baco de Alimentos Rosario (BAR), fueron los más de 1.200.000 kilos de comida que entregaron durante los dos meses de cuarentena a las 1.200 organizaciones sociales que brindar el servicio gratuito de en distintos puntos de la ciudad.

El alarmante incremento de la pobreza está generando mucha preocupación. “Hay temor por lo que pueda suceder” en el caso de que el contexto se siga agravando, apunta Camarasa. El trabajo informal “va a seguir existiendo y los trapitos van a seguir estando en actividad porque hay necesidad”.

Tanto de nada

Prácticamente todos los bloques políticos de la ciudad presentaron en algún momento una iniciativa relaciona con los trapitos. Algunas muy radicales y otras más inclusivas, pero ninguna prosperó.

Sin dudas que una de las más ruidosas fue la presentada por el excandidato a intendente y actual concejal del PRO, Roy López Molina, quien había prometido “prohibir la actividad”, porque “hay zonas en las que trabajan los cuidacoches que están privatizadas a manos de bandas organizadas, que se juntan y exigen montos arbitrarios a los vecinos por estacionar en determinados lugares de la ciudad para una caja que no se sabe quién la maneja”. Sin embargo, la propuesta no avanzó.

Con una mirada totalmente contrapuesta a la del PRO, el partido de Ciudad Futura presentó una idea para que dejen de funcionar los parquímetros y se les permita a los “cuidacoches” trabajar en el microcentro despejando al resto de la ciudad de esta actividad.

“La intención es tomar a todos los cuidacoches que están dispersos en la ciudad y concentrarlos en el área del estacionamiento medido, de modo tal que el resto de la ciudad quede sin ningún tipo de cuidacoches y que ellos estén con derechos garantizados en el microcentro. Se deberá hacer un relevamiento para saber la cantidad de registrados y así armar los horarios con un mínimo de 500 y un máximo de 1.000”, esgrimía el referente principal del partido, Juan Monteverde, quien se presentó también como candidato a intendente, pero perdió en las elecciones.

En tiempos donde el mundo se tomó un descanso y se paralizó para evitar contagios de coronavirus, el actual concejal de Ciudad Futura, Pitu Salinas, reflexiona sobre el futuro de los trapitos: “Es el momento de ver cómo vamos a abordar este tipo de temas y qué oferta de propuestas promoverá el Estado, porque estamos en un momento en el que hay que afrontar la emergencia social pero con una mirada a futuro que nos permita el día después de mañana tener una sociedad mejor”.

La ley práctica

La actividad de los cuidacoches se encuentra en un gris. No son parte de un demanda esencial ni formalizada. No se enmarcan dentro de lo que establece la ley como trabajo, pero tampoco están prohibidos. La ambigüedad de su función deja al descubierto el interrogante de si volverán, pasada la pandemia del coronavirus. Sin que haya una vacuna lista en el mediano plazo y teniendo que mantenerse el aislamiento social vigente, ¿podrán seguir funcionando?

Desde la secretaría de Control y Convivencia Ciudadana de la Municipalidad afirmaron que los trapitos que estén en actividad en tiempos de cuarentena técnicamente “están violando” el aislamiento, por ende, son permeables a ser “aprehendidos por las fuerzas policiales”, detalló a Rosario Nuestro la titular del área, Carolina Labayrú.

Si bien está la ley, también está la práctica. La funcionaria admite que hay algunos cuidacoches en distintas partes de la ciudad, por eso “intentamos persuadirlos para que vayan a sus casas y no rompan la cuarentena por su salud y la de los demás”, expresó.

Son tiempos donde la incertidumbre reina. El futuro es incalculable. El mundo se pregunta qué pasará después de la pandemia y qué mundo vendrá cuando, por fin, la vacuna del coronavirus esté al alcance de todos y nos permita alcanzar algún tipo de “normalidad”.

Los trapitos son una expresión de la pobreza que nacieron en un contexto de extrema vulnerabilidad, que se está viendo agravado por la cuarentena. Quizás sea hora de que la política ponga en marcha algún plan que sea perfectible y que se pueda ir corrigiendo sobre la marcha. De lo contrario, el negocio millonario seguirá en manos de los mismos que utilizan la pobreza para llenarse de billetes con un Estado que dice, pero no hace.