opinión

Educación y gestión: ¿Los chicos sabían más antes que ahora?

¿Qué sucedió, a nivel educativo, entre el pasado y el presente, para creer que antes los estudiantes aprendían más y mejor?


Por Alicia Pintus

Educadora y filósofa

@AliciaPintus

¿Qué sucedió, a nivel educativo, entre el pasado y el presente, para creer que antes los estudiantes aprendían más y mejor?

Muy frecuentemente escuchamos una pregunta, que podríamos clasificar entre retórica, capciosa o al menos tendenciosa, porque parece que encierra una respuesta implícita, que convalida una opinión pesimista y escéptica respecto de la educación en la actualidad y en nuestro país: ¿Es cierto que las generaciones más jóvenes saben cada vez menos que las anteriores?

La nostalgia posmoderna idealiza un tiempo pasado que, tal vez, no fue mejor. Pero que, quizás, encontró ajustes más armónicos entre el desarrollo de la sociedad y una de sus instituciones más importantes: la escuela.

Sería oportuno definir qué se quiere significar con “saber”.Porque muchas veces se lo asocia a un enciclopedismo clásico que impregnó el nacimiento de los sistemas educativos simultáneamente con la constitución de los estados nacionales. Entonces, saber estaría representando como una acumulación de información, no necesariamente organizada sino yuxtapuesta, y una hipervaloración de la memoria mecánica capaz de evocarla en cualquier momento, por cualquier medio, inclusive el azar. Tal como si ese tipo de saber fuera equivalente al que se alaba ante el éxito de un participante memorioso en un concurso televisivo de preguntas y respuestas, al estilo de los emblemáticos “Quiz Show” de mediados del Siglo XX.

No olvidemos que la denominada “escuela tradicional” fue criticada descarnadamente por fomentar este tipo de aprendizaje memorista, mecánico y distanciado de la posibilidad de aplicación práctica.

Esta clase de conocimientos que la caracterizaron han sido juzgados, entre tantas descalificaciones, como:frágiles, triviales, superficiales,volátiles, pobres o escasos. Se los ha denunciado como inservibles, porque sólo se utilizaban para las actividades escolares, pero no eran extrapolables a la vida ni personal ni laboral o profesional. En definitiva, parecía ser un ligero barniz cultural que debían adquirir quienes pasaban años dentro del sistema, para que alegresar se constatara que eran más “educados”, “cultos” o “pulidos”;pero luego, todo lo que se necesitaba saber para insertarse en el mundo de la vida y del trabajo se tenía que aprender allí fuera, enla experiencia real, concreta y específica.

Si tomamos este punto de vista, quizás no podamos afirmar con tanta certeza que antes las personas sabían más que ahora. Tal vez ese modelo de enseñanza y aprendizaje no fue cuestionado sino hasta que pasó suficiente tiempo. Podría ser el caso que recién ahora estemos pudiendo comprobar que la ilusión del progreso ilimitado se fragmentó definitivamente y sus consecuencias son evidentes.

Con la ventaja que da la perspectiva del paso del tiempo, desde el presentepodría conjeturarse que el proyecto de la Modernidad -que confió en el desarrollo de la racionalidad como instrumento privilegiado del progreso humano indefinido- consideró que ese desarrollo era, casi excluyentemente, una acumulación conocimientos, un nutrir a la razón con información, sin tener en cuenta otras facetas igualmente importantes. Olvidó el dinamismo de los conocimientos, la lógica de funcionamiento de esa razón y otros aspectos concomitantes, como la dimensión socio-emocional, indisolublemente asociada a los procesos intelectuales.

La escuela ha visto desafiado su monopolio de transmisión del legado cultural, porque la aceleración de los cambios tecnológicos a partir del Siglo XX ha tenido un gran impacto en todas las áreas de la actividad humana. Con Internet como la madre de todas las enciclopedias hay un acceso a la información en forma casi instantánea, que no tiene precedentes. Sin embargo, esa información disponible en cantidades inimaginables suele tener muchos otros problemas. Suele ser inexacta, poco confiable, intrincada, confusa, inservible. En lnternet hay de todo.

Ya no se trata de recordar fielmente datos, porque están todos a la mano, en los teléfonos inteligentes, sino de poder construir criterios para decidir si todo ese volumen de conocimientos es confiable y útil. También, como tanta información suele desinformar, hay que aprender cómo buscarla y seleccionarla, descartando aquellos contenidos que sean falsos, imprecisos o irrelevantes. Cualquiera puede compartir información en la Web, y sintener que exhibir credenciales de autoridad académica. También se hace imprescindible saber cómo asociarla y aplicarla a otros fenómenos similares y diferentes.

No se puede vivir a espaldas de la tecnología. Ya no podemos volver a escribir con martillo y cincel en piedra. Ahora ya no usamos ni la máquina de escribir. Escribimos en la computadora o en la tablet o en el teléfono celular. Pero tampoco las tecnologías son la panacea universal que nos resolverán mágicamente todos los problemas. Son herramientas, que podrán y seguramente seguirán cambiando, y con ellas se transformarán las configuraciones del conocimiento y su accesibilidad.

Lo que parece que no ha podido ser sustituido todavía es el sujeto que ejerce la función de la enseñanza. Quizás habrá variado el significado de enseñar, como lo ha hecho el de saber y aprender. Pero la función de la enseñanza se reinventa en consonancia con las necesidades de quienes tienen que aprender.

El saber que transmita la escuela deberá ser a la vez contenido y proceso, porque deberá ir en busca de un aprendizaje reflexivo y de un conocimiento comprensivo. La escuela es mucho más que un edificio o una institución, con reglas y cultura, es el conjunto de personas que la integran y la dinamizan cotidianamente.

¿Qué es lo imprescindible que un estudiante debe recordar? ¿Qué saberes son los cimientos y el eje vertebrador de cada disciplina, sin los cuales no se podría comprender nada de esa rama del conocimiento? ¿Para qué le sirven esos conocimientos y no otros? Estas preguntas y muchas otras son las discusiones sobre el currículum escolar que no pueden ni deben eludirse. No se puede enseñar por inercia, reproduciendo lo que se estableció hace décadas sin someterlo a crítica, sin examinar su validez y vigencia.

Pero debemos tomar conciencia de que un debate sobre los saberes que deben enseñarse en la escuela no puede ser un recorte aséptico, tecnocrático y descontextualizado. Discutir lo que debe enseñar la escuela no puede estar disociado de los grandes interrogantes acerca de la concepción de educación en el marco de un determinado de proyecto de país, y de una definición acerca de la construcción de identidades culturales que están evidenciando el emerger de nuevas subjetividades.

Entre el acontecer del aula y las grandes líneas de la Política Educativa podemos descubrir una urdimbre de conexiones que nos revelan supuestos filosóficos, ideológicos, pedagógicos, antropológicos, psicológicos. Cuando se fracturan esos hilos de coherencia entre el pensar, el decir y el hacer, nos traen todos los desajustes que podamos representarnos.

El problema no es si las nuevas generaciones saben menos que las anteriores, sino que la escuela ha ido perdiendo su conexión con un proyecto más integral que la incluye. O tal vez no esté habiendo un proyecto integral definido, con algunos pilares básicos que se repliquen en cada nivel educativo.

¿Dónde está la solución a los problemas educativos de la Argentina y de Santa Fe?

Si nos dedicamos a la educación no podemos no tener una mirada esperanzada, no podemos profesar un escepticismo a ultranza, comosi no creyéramos que hay oportunidad de mejorar. Porque la educación es transmisión de legado, y por tanto de pasado, pero es, también, preparación para el futuro, porque debe contribuir a que los sujetos que ingresaron puedan egresar, insertándose exitosamente en el mundo social.

Las soluciones no pueden ser recetas, sino construcciones colectivas y colaborativas, donde se logren concertaciones para un genuino trabajo en equipos en los distintos estamentos que constituyen los sistemas educativos.

Los asuntos de la Política Educativa deberían ser, sin duda alguna, cuestiones de Estado, porque los cambios esperados no se hacen visibles en el corto plazo. Los problemas que vemos hoy se han gestado a lo largo de décadas.

Así como no se puede ignorar las nuevas tecnologías, aunque no sean la piedra filosofal, tampoco se puede construir la escuela que necesitamos sin convocar a una participación real y sustantiva a los actores que integran ese sistema de modo permanente: docentes, equipos directivos y de supervisión. Ese es el compromiso que deben asumir los funcionarios políticos dentro del sistema educativo, que son transitorios y mudables.

Las grandes discusiones y debates que deben darse no pueden quedar restringidos a grupos de expertos académicos que nunca han tenido inserción en el sistema, que desconocen el territorio y que predican desde una teoría sin anclaje en la práctica.

Rejerarquizar la docencia no es solamente un tema cuantitativo o económico, sino también es el lugar y reconocimiento de los saberes que vienen de la experiencia, del quehacer cotidiano en las aulas, de la proximidad con las condiciones vulnerables del conjunto de estudiantes. Estudiantes que no es que saben menos que las generaciones pasadas, sino que el sistema no está pudiendo darles respuesta a las necesidades que tendrán en el futuro, y necesitan saber distinto.

Cuál sea la solución es muy difícil anticiparlo en soledad, porque es una tarea y desafío para todos los que integran el sistema, cada uno con su rol y responsabilidad. Sin diálogo y reconocimiento de cada quien, en su función, las posibilidades se constriñen. Como afirmaba Solari, el futuro ya llegó. ¡Todo un palo!