Del Premio Nobel a la cinta azul de la popularidad

lunes 27 de noviembre, 2017

Si seguimos invadidos por esta moderna plaga consistente en otorgar premios a todo el mundo es probable que dentro de poco no quede nada ni nadie sin premiar. Estamos empeñados en repartir a diestra y siniestra, cualquier galardón, distinción o lauro que se nos ponga a tiro. Así, nos encontramos con nominaciones que van desde la Reina de la Vendimia, hasta la compulsiva elección del mejor jugador de cada partido de fútbol al cumplirse el minuto 85 de juego.

En consecuencia tenemos premios manoseados como el “Martín Fierro” o el “Estrella de mar”, o premios prestigiosos como los “Konex de brillante y Platino” o el “Príncipe de Asturias”. Están también  los premios “Olimpia” que consagran a figuras en deportes casi exóticos como el cestoball o el squash, pasando por los vernáculos Cinta Azul de la popularidad, Llave De Oro, Monumento de Cristal o Magazine. A nadie se le puede negar un premio aunque sea como la Sedería mas importante de Rosario.

Esta costumbre que torna irresistible el hecho de distinguir a alguien no es propia de nosotros ni tampoco es exclusiva de estos tiempos modernos. El prestigio hacia los notables tal como lo concebimos en la actualidad, nace en Suecia cuando Alfred Nobel quiere darle un buen destino a la fortuna que había logrado amasar con los varios centenares de inventos que había hecho, fundamentalmente el de la dinamita, que lo convirtió en poseedor de una gran riqueza.

Luego a partir de 1901 comenzaron a entregar esta distinción magna entre las magnas, la mas ilustre de todas. Ahí está la clave: en lo “ilustre”. De “lustrare” dar lustre o brillo. Es cierto que hay personas que son ilustres, distinguidos y notables. Pero cuando entramos a regalar estos pomposos títulos a la rebatiña lo único que conseguimos es disminuir el lustre o brillo de quienes auténticamente se lo merecen.

La entrega de las distinciones siempre depende de la arbitrariedad de los que eligen. Este despotismo lo sufrió Borges ¿Acaso tuvieron mayores méritos literarios Juan Ramón Jiménes o Camilo José Cela que los del autor de “El aleph” o ”El golem”? Los chilenos Pablo Neruda y Gabriela Mistral y el peruano Mario Vargas Llosa se llevaron el ansiado lauro y nuestra Alfonsina Storni mientras tanto tomaba café en el Viejo Tortoni de la Avenida de Mayo y se hundía luego en la frías aguas de Mar del Plata huérfana de distinciones.

Felices los tiempos aquellos en que Aristóteles o Platón se paseaban por las colinas de Licaveto en Atenas pensando y filosofando ajenos a las distinciones mundanas que les pudieran tocar. El mismísimo Cervantes, o Lope de Vega, el “Fénix de los ingenios”, por el simple hecho de no haber nacido en nuestros días se perdieron el preciado galardón. Ya es tarde para frenar esta carrera de despilfarro en la concesión a mano alzada de distinciones. San Pedro abrió el portón y se filtraron muchos que no deberían figurar entre los probos y elegidos. En la grilla de partida de aspirantes a ser distinguidos pueden caber todos, lo mismo un burro que un gran profesor.

A mi también me embocaron y en 1980 fui distinguido con el “Irupé de Plata” que entregaba el locutor local Mario Ernesto Olivetti. Allí también fue premiado Alberto Olmedo (que ni vino a recibirlo) y Agustín Magaldi hijo. Me refugio nuevamente en Enrique Santos Discépolo cuando dice “Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”. Se puede leer en el Boletín Oficial de Enero de 2017 que la Legislatura de la provincia de Buenos Aires designó ciudadanos ilustres a Diego Armando Maradona y Adolfo Pérez Esquivel, todo junto publicado en el mismo Boletín del principal Estado argentino. Cuando una sociedad cree que por decreto puede determinar que todos son notables, nadie es notable.

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