¿De qué hablamos cuando hablamos de envidia?


La envidia tiene mala prensa, de eso no hay duda. Y comúnmente se escucha hablar  de ella como si estuviera dividida  en dos tipos de  categorías, la envidia sana y la envidia propiamente dicha.

Según la mirada social, pareciera que la envidia sana te exime de ser visto como una  mala persona.

Es probable que en más de una ocasión hayas escuchado a alguien decirte : “te envidio pero sanamente” con una sonrisa cómplice en el rostro, como si al aclarar  que esa emoción que siente  por vos es “sana”, no  quedara posicionada en un lugar tan despreciado como el que tiene social y culturalmente la envidia.

La envidia es una emoción que refleja un vacío, refleja las carencias que tiene una persona. Y si bien ese vacío puede ser parte de la existencia humana, la envidia aparece cuando el malestar por la carencia o la falta, lleva a la comparación con el otro, a la mirada hacia lo que otra persona ha logrado o tiene, en comparación con uno mismo. Es decir, la incompletud o la falta de algo puede ser vivida de manera estrictamente negativo y en este escenario aparece la envidia.

Cuando vivimos desde la carencia, partimos de la base de que nos falta  algo que tenemos que conseguir desde afuera, que a menudo tiene que ver con la reputación, el reconocimiento, el triunfo o los logros materiales o económicos. Y creemos que conseguir eso que nos falta nos garantizará la tan anhelada felicidad. Como si de una formula se tratara. Es decir, lo que a cada persona le genera bienestar, satisfacción o plenitud es completamente subjetivo, no es matemático ni es universal.

Intentar “tapar” o llenar la carencia o el vacío que se siente, suele generar una búsqueda que se termina eternizando, de algo que haga más soportable la propia existencia. Y cuando ese algo no se encuentra (o en algunas ocasiones no se busca porque es más cómodo no hacerlo) se elige el camino de observar al otro antes que a uno mismo. Observar al otro y compararse con el otro.

La envidia brota del Ego. Un ego que se compara con los demás, que siente que nada es suficiente y que cree que alcanzando ciertas cosas o sencillamente  objetivos de cualquier tipo, incluso económicos, logrará estar en paz.

El éxito ajeno percibido como una amenaza

En vez de centrar la mirada y la energía en lo que uno puede hacer para obtener lo que desea o para acercarse a sus metas, la persona que tiene envidia se concentra en observar al otro, en comparase con el otro y en registrar sólo la diferencia. El otro tiene más, el otro puede más, el otro es mejor. Esa comparación daña, lastima, incomoda. En la envidia, el que la padece siente la descalificación, una auto descalificación, sintiéndose menos, en desventaja,  percibiéndose inferior.

La envidia condena el talento y el éxito ajeno, los percibe como una amenaza y hasta inclusive como algo injusto: “porqué el otro tiene o logra lo que yo no?

Salir de este círculo destructivo que detiene el progreso y que deja a la persona que lo padece en una posición sumamente pasiva, posición de queja, de rencor, de enojo y de frustración, es una decisión a tomar.

Decisión que implica moverse, salir de la pasividad y pasar a la acción. Y para que esto ocurra es importante poder transformar las características que posee la envida que suelen detener el crecimiento por tender a permanecer en una estado de estancamiento, en deseos de progreso, de avance, en ambición.

Envidiar o admirar

A veces se habla de envidia sana o de admiración y si somos capaces de enfocar de manera positiva el deseo y los impulsos que este genera, la envidia puede transformarse en una tentación para mejorar, ya que nos puede mostrar un objetivo a seguir. Podemos envidiar capacidades de otras personas y eso puede incitarnos a superarnos a nosotros mismos. Si esto ocurre es porque entonces la envidia se mutó en ambición. Y para que esto suceda es necesaria la aceptación. Aceptación de las carencias o vacíos sin que sean vivenciados como algo negativo. Es parte de de la vida misma y de la existencia humana. Y la búsqueda de lo que nos hace sentir bien y nos permite realizarnos, es lo que nos permite salir de la envidia y acercarnos al propio deseo.

¿Ambición es una emoción positiva o negativa?

La ambición es una energía que posee mucho poder, es una energía positiva que  nos permite crecer; implica  la voluntad de superarse y lograr lo que uno se propone.

La ambición es querer crecer, tener, explorar, avanzar, descubrir, expandirse, conseguir y continuar en el camino siempre por más, pasando a otras etapas, momentos, objetivos y proyectos. Implica no solo querer más sino también querer mejor. Nos lleva a sentirnos plenos, orgullosos de nuestros logros, poderosos, capaces y valiosos. Es la energía que nos mantiene en movimiento, la que nos permite sacar el máximo de nuestro potencial y poder trascender. Energía que se logra cuando alcanzamos un objetivo, una meta, cuando atravesamos un desafío.

Pasar de la envidia a la ambición implica elegir salir del enojo, la frustración, los celos, el reproche constante, el malestar, para moverse en pos de uno mismo, de lo que uno desea para sí. Y esto conlleva un trabajo valioso, de crecimiento, de maduración emocional y de aceptación de las diferencias, centrándose en lo que a uno le suma y le permite evolucionar.

Por otra parte, la ambición nos perjudica cuando aparece la sensación de que nada va a ser suficiente. Para algunos, incluso se vivencia la certeza de que ‘nunca vamos a ser suficiente’. De que no somos suficientes para el otro. De ahí, por ejemplo, la tendencia a acumular, ya sea logros o cosas materiales. Esa acumulación puede generar la “engañosa” sensación de que “si se tiene más se es más.”

Si la ambición es vivida solamente como un motor para generar cada vez más sin percibir lo que ya se tiene, lo que ya se ha logrado y sin dar espacio al reconocimiento, la disfrute y a la valoración de lo que se ha alcanzado, empieza a ser destructiva. Se transforma en una búsqueda insaciable que deja de tener un sentido “sano”.

La cara sombría de la ambición conlleva una insatisfacción crónica, que habitualmente nos impulsa a cruzar la delgada línea que separa la ambición de la codicia, de tal modo que en su aspiración por lograr las metas que se ha fijado, se deja  de lado la generosidad y el altruismo en beneficio del  propio interés.

La envidia que transforma

Si la envidia se convierte en un deseo negativo hacia otra persona por tener algo que deseamos y que no tenemos que el otro sí tiene, se transforma en un foco de frustración e inseguridad y nos hará percibir una  realidad  distorsionada, que nos impedirá acometer cambios para superarnos a nosotros mismos.

Esto nos estanca, nos paraliza, nos detiene.

En definitiva, transformar la envidia en un motor para generar lo que uno desea, sería una elección sana. Y ésta, permitiría salir del malestar pasivo, de la queja y de la victimización constante, para pasar a ser seres activos y responsables ante sus propios objetivos y ambiciones de crecimiento.