Opinión

Borges y su distinguida biblioteca

martes 7 de noviembre, 2017

Por Vicente Luis Cuñado.

Decía Jorge Luis Borges, refiriéndose a los escritores jactanciosos, que había quienes se jactaban de los libros que habían escrito mientras que él lo hacía solamente de los que había leído. Los argentinos tuvimos no hace mucho un presidente que se jactaba de haber leído las obras completas de Sócrates, filósofo griego que se había suicidado con cicuta sin haber escrito jamás ni una línea.

En el allanamiento que le hicieron de manera súbita e imprevista, lo sorprendieron a Amado Boudou en un acto judicial que debería haber sido privado, recoleto y ajeno a la mirada de curiosos. Sin embargo, trascendieron fotos y videos. No había allí abogados que protegieran la violación de su intimidad. Abusivamente, los diarios filtraron el nombre de libros que se encontraban en la vivienda del consternado ex vicepresidente.

Un gran amigo que tengo, licenciado en economía y profesor universitario en la U.N.R, arriesgó una opinión sobre el tema en el sentido que “el buen gusto y cultura actualizada que surgió del detalle de su biblioteca lo pintan(a Boudou) como alguien distinguido”. Ante tal razonamiento, que recibí envasado en un WhatsApp, contesté azorado que me parecía espantosa esa conclusión. Podés comprar libros al solo efecto de aparentar una personalidad que no tenés ni por asomo. Le recordé a mi amigo licenciado que Amado Boudou solía subirse a una tarima enfundado en una camiseta del seleccionado argentino de fútbol  cantando  junto a sus amigos de “La mancha de Rolando” y que ese comportamiento grotesco de quien ostentaba tan alta magistratura no era precisamente algo que pintaba a una personalidad  distinguida.

Otro gran amigo que tengo, el pianista de barrio Azcuénaga, me recordaba el caso de un matrimonio formado por una cantante nuevaolera de los sesenta del plantel de “Ritmo y juventud”, casada  con un cantor de tangos, que adquirían los libros por metro para tapar una pared y llenar una biblioteca. Y se jactaban de eso, del hecho de comprar libros que jamás ellos iban a leer. Si fuera cierto lo que afirma mi amigo, el profesor universitario, uno tendría que tener en su biblioteca personal “La República” o “La divina comedia” aún sin conocer quiénes eran Platón ni el Dante Alighieri porque seguro esos libros te otorgan chapa de “distinguido”.

¿Podría afirmarse que uno es lo que muestran los estantes de su biblioteca? ¿Cómo era la biblioteca de Borges? Según lo confiara él mismo en 1979 a Antonio Carrizo, su biblioteca  tenía la “Enciclopedia de Chambers”, la “Enciclopedia Británica”, el “Diccionario enciclopédico hispanoamericano” de Montaner y Simón. No aparecían por allí ejemplares de las revistas “El gráfico”, “El alma que canta” o “Radiolandia”. Parece que entre los  libros que le encontraron a Amado figuraba uno de Economía de Thomas Piketti, quien en su obra “El capital en el siglo XXI” propugnaba un impuesto total y universal a la riqueza en cualquiera de sus formas.

En vista de estos allanamientos imprevistos uno debería cuidarse de no tener en su casa ni las “Aventuras de Isidorito” ni ninguna revista tipo Playboy. No sigo con más ejemplos de objetos que “comprometen” porque algún lector acosado por  estos fantasmas se vería tentado a  hacer desaparecer de su morada desde videos eróticos y discos rígidos hasta otras cosas que mejor no andar ventilando ni haciéndolas públicas. Si te llegan a cazar con un video de Arjona perdiste y no te levantas más. Como la caridad bien entendida comienza por casa, confieso que si eso me aconteciera a mí, lo del allanamiento súbito e inesperado, se encontrarían con una biblioteca ecléctica donde conviven como la biblia junto al calefón mis autores preferidos, Benito Pérez Galdos y Cortázar, con las estadísticas de Rosario Central en el profesionalismo que publicara  Carlos Durhand. Y encontrarían una foto de Winston Churchill, mi personaje político más admirado,  junto a una del “Chango” Gramajo haciendo un golazo en el arco que da al Palomar.

En un artículo que publicó recientemente Jaime Bayly titulado “Un amor del tamaño del mar” define como “alta literatura” a aquellos libros cuya lectura nos prestigia. Estoy seguro que por lo que tengo en mis estantes, no califico para personaje distinguido ni nada que se le parezca. Y que Dios me libre y me guarde de un allanamiento imprevisto.

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