Psicología

Ansiedad vs. placer

Por Silvana Savoini

miércoles 10 de enero, 2018

Disfrutar de la buena música, del paisaje que nos rodea, de un encuentro sexual, de una comida, de una charla con amigos, de nuestro trabajo, de nuestros hijos, de la cotidianeidad, o de todo lo que es disfrutable en esta vida, requiere estar relajados y tranquilos. Los estados de ansiedad excesiva atentan contra la posibilidad de experimentar placer en todas las áreas.

Pero, ¿qué es la ansiedad y cuándo es patológica?

La ansiedad es una activación psicofisiológica que se produce cuando entramos en estado de alerta. Ahora bien, un mínimo de ansiedad es imprescindible para desarrollar cualquier tarea. Esa activación psicofísica nos despierta, nos hace estar conscientes y atentos a lo que vamos a realizar. Salimos de la indiferencia, experimentamos curiosidad, nos activamos, y tenemos una buena performance en lo que sea que hagamos. Pero ¿qué ocurre si esa activación psicofisiológica crece más allá de lo necesario? Allí es cuando experimentamos la ansiedad patológica, la que no es útil para la vida.

Esa ansiedad se experimenta como un estado de malestar, caracterizado por inquietud e inseguridad ante lo que percibimos como incierto o peligroso. Ese estado depende de la interpretación cognitiva de amenaza respecto a algo. Es decir, no interesa si lo que provoca esa respuesta es realmente peligroso o no, lo que importa es la valoración que hagamos al respecto. Un ejemplo puede ser una situación de examen: los niveles de ansiedad que experimentemos, estarán relacionados con la creencia que tengamos respecto a lo catastrófico o aceptable que pueda resultar rendir mal. Expresiones del tipo “si rindo mal me muero” denotan la valoración subjetiva que estamos otorgando a los resultados del examen. Nuestro organismo entonces se siente ante un peligro inminente y reacciona como si realmente la vida se jugara en ello. Si en cambio decimos (y pensamos) “rendir mal es una posibilidad, me sentiré triste unos días pero tendré otra oportunidad luego”, la interpretación cognitiva deja de ser catastrófica y no reaccionamos “como si” la vida corriera peligro. Tendremos entonces el nivel de ansiedad necesario para desempeñarnos durante la instancia de examen activando la atención, memoria, y todos los procesos psicológicos requeridos.

Una vez que la ansiedad supera los niveles óptimos deseables experimentamos aflicción, miedo, y un grado creciente de malestar psicofísico que puede incluir signos y síntomas típicos como:

temblores, mareos, náuseas, sensación de falta de aire, tensión muscular, sudoración excesiva incluso en la palma de las manos, ruboración en el rostro y el cuerpo, sensación de dificultad para tragar, taquicardia, palpitaciones, aumento de la frecuencia respiratoria, etc..

A su vez, cómo interpretemos esos síntomas puede agravar el cuadro hasta el estado de pánico (punto culminante de una crisis de ansiedad) en el cual se produce parálisis y desorganización de la respuesta. (Quedar paralizados en un examen, para seguir con el ejemplo, se manifiesta con la típica vivencia de “mente en blanco” y/o no saber qué decir o hacer).

Todos podemos algunas veces experimentar un incremento poco funcional de los niveles de ansiedad, dependiendo de nuestro sistema de creencias y por lo tanto de las cosas que cada uno valora como amenazantes. Antiguamente la amenaza estaba representada por animales predadores que pudiesen atacarnos, hoy por hoy percibimos amenazada nuestra existencia ante un examen, ante la posibilidad de perder el trabajo, ante situaciones sociales, etc. Pero si cuando experimentamos esos síntomas, logramos identificarlos como lo que son: manifestaciones psicofísicas de un estado de ansiedad, tendremos más chances de modular esa activación sin entrar en pánico.

El problema surge cuando la persona que vivencia esos síntomas piensa que está teniendo un ataque de algo que incluso pueda provocarle la muerte, porque entonces, al estímulo que originalmente percibió como peligroso se le sumará el miedo ante los síntomas que el cuerpo dispuso para prepararse para la lucha o la huida, pero quedando en inhibición de la acción. Por eso es importante conocer e identificar las manifestaciones que cada uno experimenta en los estados de ansiedad, para detectarlas e implementar técnicas de relajación muscular y de respiración que ayuden a recuperar la calma. Y también es interesante saber que el punto crítico en la curva de ansiedad no suele durar más de veinte minutos. Dejar transcurrir ese tiempo tratando de distraerse y sin pensar que durará para siempre, es de por sí un buen recurso para afrontarlo. Cuando tomo exámenes en la facultad, y un estudiante está en estado de pánico (a veces se sientan a rendir y piden la libreta para retirarse inmediatamente), les sugiero que salgan del aula, vayan a comprar una botellita de agua, y vuelvan en 20 minutos. En la mayoría de los casos, cuando regresan ya se sienten mejor y están en condiciones de continuar con el examen.

La ansiedad patológica suele ser anticipatoria

En general, los estados de ansiedad patológica aparecen cuando nos anticipamos a lo que creemos o pensamos que puede ocurrir. Cuando en nuestro diálogo interno aparecen los “y si…” ejemplos: “y si algo sale mal?”, “y si no funciona como espero?”, “y si me olvido de algo?”, “y si no sé responder?” el uso de los potenciales “y si…” es un indicador de anticipación. Estamos alertándonos ante algo que no sólo aun no ocurrió sino que ni siquiera sabemos si va a ocurrir.

La clave: estar donde estés

Ejercitarnos en la capacidad de conducir nuestra atención al momento presente, es una herramienta potente para impedir la activación patológica de estados de ansiedad. Para disfrutar de cualquier actividad, necesitamos estar donde estamos, y no en lo que viene a continuación. Parece una obviedad pero claramente no lo es, basta con pensar la cantidad de veces que en lugar de estar disfrutando de un encuentro estamos pensando en lo que haremos después, o en la hora a la que nos tenemos que levantar al día siguiente, o en la tarea pendiente para el próximo mes.

Si estás trabajando, vivenciá y disfrutá lo que haces en ese instante. Si estás con tus hijos, jugá, charlá, miralos, observalos, escuchalos, reíte, relájate aunque sea por esos quince o treinta minutos…si estás en un encuentro sexual, focalizá en la sensorialidad y no en la expectativa de desempeño (“y si no puedo sostener la erección?”, “y si no llego al orgasmo?”, “y si no le gusto?”) la ansiedad es el peor enemigo de la respuesta sexual. Estar relajados, dejar los pensamientos de lado haciendo foco en los estímulos que se perciben a través de todos los sentidos, y no anticiparse ni sobrevalorar los resultados, es la única manera de disfrutar el encuentro. Experimentarlo como un examen sólo garantiza dificultades y frustración. Lo deseable es mantener o recuperar la dimensión placentera, lúdica, sensorial y emocional de la sexualidad.

Como sugiere la técnica de Mindfulness, una atención plena o consciencia plena del aquí y ahora, es fundamental para disfrutar cada instante.

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