OPINIÓN

Añorando a Fioravanti y la revista “Alumni”

martes 7 de agosto, 2018

Los recuerdos se amontonan y apretujan cuando uno se remonta a los años felices, aquellos en los que vivíamos sin ataduras ni compromisos, los de la niñez y adolescencia. Con la pelota y el fútbol como principal protagonista de todo. A lo mejor se confunden algunos datos, números o recorrridos, pero, parafraseando a Pichuco, yo me lo recuerdo así.

No era sencillo llegarse hasta la cancha de Central en los cincuenta. Apenas se atrevía el tranvía 4 hasta el barrio Lisandro de la Torre y si uno caminaba un poco se podía llegar con los tranvías 5 y 25 que pasaban por el corredor Avenida Alberdi – Boulevard Rondeau. No había muchos autos y eran inalcanzables para la clase media. Los taxis recién poblaron la ciudad cuando los populares “merceditas” se gestionaron por medio del sindicato peronista. A la cancha de la lepra era mucho mas fácil llegar, ya que allí te depositaban por la Avenida Pellegrini frente al Palomar los tranvías 9 y 19, y sino, tenías el  tranvía 15, el más paquete de todos los tranvías rosarinos, que pasaba por Ovidio Lagos hasta el cementerio.

La salvación vino de la mano de la aparición milagrosa del “Tres bis”, glorioso tranvía que circulaba los fines de semana desde la cancha de Central hasta la plazoleta de Salta e Iriondo, a metros del Cruce Alberdi, donde se facilitaba mucho acercarse hasta el centro, que era donde vivíamos.

Mi vieja,  fana rojinegra y leprosa ad infinitum, sabía de fútbol más que Borocotó. Iba religiosamente a  la cancha de Ñuls en el Parque, donde tenía su platea desde los años cuarenta, y no transaba en llevarnos a mí y a mis dos hermanos hasta Arroyito. Entonces mi viejo, español y neófito total en materia futbolera, me montaba a junto a mis hermanos esas tardes domingueras en el querido Tres bis y  a mí me colmaba de felicidad en aquellos tiempos de Quatrocci, los hermanos Vairo, Virginio, etcétera. etcétera.

Los altoparlantes traían la canallona y tanguera voz de Cayetano Lico que se engolaba para dar a conocer la “composición” de los equipos, y en el corner de Regatas y el río aparecían las chapas de la legendaria revista Alumni, que uno compraba al entrar a la cancha y que nos permitía, clave mediante, conocer las peripecias que se daban en las otras canchas. Eran tiempos en que todos los partidos se jugaban simultáneamente los domingos por la tarde. El fútbol no se seguía por radio desde la cancha, recién en los sesenta aparecieron los transitores y las manuables radios Spica que nos traían el relato sobrio y distinguido de Fioravanti  por Radio El Mundo o el despliegue periodístico de José María Muñoz por Radio Rivadavia, con la tira semanal de la “Oral Deportiva Edmundo Campagnale”.

“Informa Boite Marina” atronaba la voz de don Cayetano Lico. “La composición de los equipos……… , el nuestrooooooooooo”, sólo en la Bombonera había un locutor con una polenta parecida a la Lico. En los otros estadios, los anunciadores padecían una angina persistente. Eran los años de Gauna, Rosa, Massei, L’Episcopo y Portaluppi. El River imbatible y multicampeón de comienzos de los cincuenta con Amadeo Carrizo de emblema, se comió trece (13) goles en tres años consecutivos en la cancha de Génova y Cordiviola, hoy devenido en “El Gigante”. Central usaba una inolvidable camisa de seda azul pálido y amarillo, mucho más linda y señorial que las que se usan ahora. Me contó el mediocampista Haroldo Larrosa que esa camisa se la compraron e hicieron confeccionar los mismos jugadores, ya que las arcas del club que presidía don Federico Flyn no daban para tanto.

Ya sé, no me diga, peleábamos siempre el descenso junto a nuestros primos del Parque, y nunca salíamos campeones. Pero en Arroyito no nos ganaba nadie y salíamos llenos de fútbol a ubicarnos en los asientos de madera de un “Tres bis” exultante. Conservo intacto esos recuerdos, y mi idolatría festejando los festivales de Coco Rosa y Oscar Massei. Miro atrás en el tiempo y me veo en el querido tranvía dominguero la lluviosa tarde en que Appiciafuocco le hizo el quinto de taquito al gran Amadeo.

Se me extravió en el tiempo, como por arte de magia, la hermosa camisa de seda azul pálido y amarillo que usaba Raúl Gómez o Federico Vairo. Me invade ahora la mediocridad de un fútbol sin tranvías, pero sin aquellas alegrías domingueras. Los años 90 llegaron con Internet, la tecnología deslumbrante de repetir goles y partidos los domingos a la noche a través de Enrique Macaya Márquez. Y yo siempre añorando el Tres Bis a la salida de una cancha gloriosa donde no pudieron ganar nunca ni Roma ni Marzolini. Fruto de la devaluación futbolera hemos cambiado a Enzo Ardigó por lo chabacanería insoportable de los Marcelo Araujo y sus atentos imitadores. ¡Que cheto y amariconado me suena ese latiguillo de “estoy crazy , Macaya”! Con mi querido amigo el pianista de barrio Azcuénaga , con el que compartimos la fiebre canalla, nos cansamos de aplicar el “mute” en el televisor para acallar los berridos de insoportables relatores deportivos. La guaranguería está a la orden del día y brillan por su ausencia la sobria erudición que otrora exhibián como manirrotos Enzo Ardigó, Pepe Peña, Damian Cané, Horacio Bessio o Borocotó.

Mi viejo me dejó súbitamente para emprender el viaje sin retorno el 21 de septiembre de 1953 . El día anterior habíamos compartido por última vez los asientos de madera del Tres bis. Le ganamos dos a cero a Vélez con goles de Coco Rosa y Raúl Gómez y aquel viaje hasta Iriondo y Salta en el desvencijado y ruidoso tranvía fue el más lindo que hice en mi vida. Tenía nueve (9) años y faltaba apenas una semana para el cumpleaños más triste de mi vida .

Comentarios