Opinión

Acostumbrados

Por Andrés Cánepa.

Foto: archivo.

Por Andrés Cánepa

Perder la capacidad de asombro ante noticias aberrantes es un efecto que se produce por la coraza que generamos habitualmente los periodistas para poder seguir trabajando. Pero la prensa se ha acostumbrado a narrar como si fuese una noticia más hechos que deberían interpelarnos a todos y analizar el fondo de la violencia en que estamos inmersos.

El episodio del Casino City Center, en el que murió otro inocente más, pone sobre el tapete un tema que las autoridades quieren evitar: cuando llueven balas 9 milímetros no siempre es para ajustes de cuenta o vendettas barriales. Este caso fue un acto de terrorismo liso y llano, y esa es la carátula con la que debe ser juzgado. Un atentado con el simple hecho de sembrar el terror entre nosotros.

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En los últimos años hemos naturalizado que baleen al Ministerio Público de la Acusación, a los Tribunales, al Centro de Justicia Penal, al Concejo Municipal de Rosario, a casa de jueces y fiscales y hasta un terrible ataque a tiros a la casa de un gobernador en funciones. Ya nada nos conmueve.

La repetición hace a la costumbre. Los periodistas cubrimos asesinatos prácticamente a diario en la ciudad, y pasó a ser parte del quehacer de un jornalista local. He vivido momentos de chistes entre colegas, inclusive, a metros de un fallecido tras ser ejecutado a balazos en la zona sur de la ciudad. No quiero que eso me pase más.

Y ese acostumbramiento tiene que ver con una defensa psicológica de una comunidad que, necesariamente, sigue adelante a pesar de lo que pasa a nuestro alrededor. Ahora bien, nuestra responsabilidad es contar que no es normal semejante río de sangre por las calles rosarinas, que nunca fue así y que tiene que cambiar. Las miradas progresistas aseguran que la salida es desde la recomposición de los lazos sociales y suena a una aspirina para un cáncer. Desde los sectores que miran con cierta bondad la mano dura aseguran que poner orden en los barrios es la salida. Ya se ha hecho y no funcionó.

La salida a corto, mediano y largo plazo es utópica, y es porque el Estado, en cualquiera de sus niveles, no tiene las herramientas para enfrentar a semejante poder paralelo con capacidad de fuego y un desprecio total y absoluto por la vida humana. Cómo el Estado, desde las garantías, puede enfrentar a grupos criminales mejores armados y ramificados por los sectores populares de los que se han olvidado todos los gobiernos que pasaron.

Las leyes no alcanzan, las fuerzas de seguridad tampoco, la persecución penal no da abasto y a pesar de que vimos cómo han detenido y condenado a jefes narcos sus segundas líneas se multiplican por las calles de la ciudad. La moto de a dos con armas 9 milímetros pasó a ser parte de la geografía de una ciudad que debería ser reconocida por su río, su cultura y su comunidad solidaria de cada uno de los barrios. Pero las tapas de los diarios nacionales son hace años por lo mismo: sangre, luto y droga.

Duele, desde lo más profundo como rosarinos, observar cómo nos ven desde afuera. A todos nos pasa que cuando vamos de viaje nos preguntan por lo peligroso que está Rosario. Nosotros intentamos explicarles que no es tan así, que los medios, que qué se yo. Y la verdad es que sí, aunque no queremos verlo. Porque sí se mata más que en el resto del país, sí se roba más que en otros lados, y es mentira que es solo una guerra entre bandas: es una guerra entre la democracia y un Estado narco que disputa el poder codo a codo con los políticos de turno.

Nos creímos a nosotros mismos que era "una operación porteña" o que fue un "tema político electoralista" cuando empezaron a cubrir los medios nacionales lo que sucedía en la ciudad. Tal vez somos desde los medios locales responsables también de haber hecho la vista gorda cuando el problema crecía.

Un juez con fuero en lo penal en el año 2011 le dijo a un grupo de periodistas, entre los cuales estaba presente, que estaba pensando en irse a vivir afuera del país por lo que pasaba en Rosario. Ni siquiera había comenzado la ola de violencia en las calles y ya sentía la presión fulera a la hora de trabajar. Desde aquel entonces todos miraron para otro lado;  ahora este mal que persigue a todos y del que nadie, absolutamente nadie, está exento, se quedará por un largo tiempo enquistado en la ciudad.

Marcelo Saín, ministro de Seguridad, dijo algo que me hizo ruido: "Los muertos son de toda la sociedad santafesina, no míos". Tiene razón. A todos  nos tiene que atravesar el momento que vivimos y la muerte no puede ser una noticia más entre tantas pavadas. A 11 días de haber puesto en el cargo a Claudio Romano tuvo que removerlo por la ola de homicidios. A pesar del cambio la violencia no cesa y seguimos en el mismo camino. Busquen en las otras 23 provincias de la Nación: ninguna tiene el nivel de violencia de Rosario y Santa Fe. Es acá.

Buscar el origen puede ser revelador, pero no solucionaría mucho. Lo que tenemos que pensar es en cómo pacificar la ciudad para no seguir con un cuenta ganado en la mano para visualizar como se engrosa el número de muertos en Rosario.